En toda mi vida siempre hubo algo que me ha fastidiado hasta el cansancio, algo que realmente odio y que me resulta sumamente molesto: depilarme.
¿Con qué derecho las mujeres tenemos que someternos a tan terrible sufrimiento? ¿Quién fue el o la que estableció semejante tortura hacia nosotras? ¿Por qué las mujeres tenemos que depilarnos y los hombres no? Estoy segura que toda persona del sexo femenino se ha hecho alguna de estas preguntas en algún momento de su vida, cuando no las tres a la vez.
En mis primeros años de adolescente, es decir cuando comencé a transitar este camino de padecimiento, me prometí que nunca iba a utilizar la técnica de la cera. He visto el martirio que le causaba a las pocas personas que conocí que se aplicaban el mencionado tratamiento. Por lo tanto, la cera fue totalmente descartada de antemano.
En consecuencia, recurrí a la segunda técnica más utilizada: las maquinitas desechables de afeitar. Técnica en lo absoluto dolorosa pero poco eficaz, ya que requiere repetirla cada tres o cuatro días a lo sumo, lo que es demasiado pedir para alguien que gusta disfrutar de la vida “a lo natural”, que odia producirse por el “que dirán” y cuya filosofía siempre ha sido “al que no le gusta que no me mire”.
Transcurrí años y años empleando esta técnica molesta, por decirlo de algún modo, a la vez que las sucesivas publicidades me engatusaban por lo “lindas” que resultaban ser las depiladoras eléctricas. ¡Sólo bastaba depilarse una vez al mes o cada dos meses!
Hasta que un día el sueño se me cumplió. Para un cumpleaños, mi padre me regaló una. Pobre, nunca me gustó ser despreciativa con los regalos, pero ella sólo logro depilarme cuatro pelos locos de mi pierna derecha. El tremendo calvario que ello significo hizo que pronto quedara archivada en un armario.
La última posibilidad se la di a las cremas de afeitar. Según el envase, éstas se aplican en la zona a tratar, se las deja unos minutos y luego se las retira presionando fuertemente con un trapo o toalla. Resultado: cada diez pelos, sólo depilaba la mitad. No es doloroso pero tampoco es efectivo.
Así que aquí estoy. He vuelto a las nunca bien ponderadas maquinitas de afeitar desechables. Y sí, sigue siendo un hastío depilarse cada tres o cuatro días, pero por suerte sólo dura de tres a cuatro meses en el año, porque si el frío del invierno obliga a usar pantalones ¿qué sentido tiene someterse a tan terrible condena?