VIOLACIÓN DE TRÁNSITO - Leonardo Juan Lezcano Gómez(barcelona)

Desde que salimos en el auto, ella me comenzó a mostrar sus redondos muslos blancos. Yo la acariciaba bajando mi mano derecha, entre los necesarios cambios de velocidades, hasta sus deliciosas piernas de piel suave y finamente depiladas.
Cada vez que pasábamos bajo algún haz de luz de la calzada, ella levantaba su falda para que yo disfrutara del intenso espectáculo que ofrecía su depilada entrepierna. Desde que saliera de casa, no llevaba ropa interior.
El cuerpo de la mujer, totalmente depilado a láser, era salvajemente exótico.
Ella subía sus sensuales y pequeños pies en el tablero del auto, sobre el portaguantes y las bellas pantorrillas se delineaban perfectamente a la luz del camino. Calzaba transparentes zapatos de vinyl con tacones de aguja, altos y finos, que destacaban la belleza de sus tobillos.
Se acomodó, inclinando el asiento hacia atrás, para gozar de todo lo que le estaba sucediendo esa noche.
La calzada parecía avanzar hacia nosotros al ritmo del movimiento de mi mano, de una cadencia cada vez más intensa. Tenía que evitar, a toda costa, las detenciones en los semáforos.
Ahora ella terminó de sacarse la falda y la blusa, quedando totalmente desnuda en el asiento. Protesté, pero ella se inclinó hacia mí de tal forma que no podían verla desde el exterior.
Por un instante el auto perdió su control, pero, reponiéndome de la pérdida momentánea de la vista, pude recuperar el dominio del vehículo.
Entonces fue cuando percibí las señales de luces que hacia el auto patrullero que teníamos detrás. Realmente no podría asegurar por cuanto tiempo el coche policial habría estado haciendo indicaciones.
Instintivamente fui a detener de inmediato el auto pero comprendí que si lo hacia los policías podrían ver a la mujer en el estado de desnudez en que se hallaba. Por tal motivo recorrí unos metros más y detuve el auto a alguna distancia, bajándome apresuradamente para salirle al encuentro.
“Pensamos que UD se estaba dando a la fuga”, dijo el policía que primero se había bajado. Era un hombre de baja estatura y robusta complexión, características típicas de los montañeses del oriente del país, región de donde provenían la mayoría de los policias que actuaban en La Habana.
“¿A la fuga? ¿Por que iría a hacerlo? ¿Que sucede?” me defendí
“Entrégueme sus documentos por favor. Ud. no estaba asegurando la adecuada dirección del auto. Iba conduciendo en zigzag ¿Cuantas copas se ha tomado?”, se dirigió a mi el segundo guardia, más pequeño aun que su compañero. Parecía tan disgustado conmigo como si yo hubiese asaltado a mano armada un asilo de ancianos. “Creo que esta a punto de perder la licencia” amenazó.
“Claro que no he bebido nada” conteste apresuradamente con nerviosismo, imaginándome ya sin poder conducir por varios meses mientras durase el retiro de la licencia. Los policías orientales tenían fama de ser poco tolerantes. Me sentía perdido. Pero cuando iba a proseguir la negociación, que sabia inútil de antemano, se escucho el sonido de la portezuela delantera de mi auto al abrirse.
 Estábamos detenidos en la quinta avenida, casi llegando al antiguo club Náutico. La iluminación en esta vía es excelente, a diferencia de otras zonas de una ciudad famosa por su escasez de luces, debido a que por ella transitan los altos dirigentes del gobierno. Precisamente esta magnifica iluminación permitía apreciar la cabeza de la mujer que después de bajarse del auto, iba ahora bordeándolo por el lado contrario al que nos encontrábamos.
Ambos policías y yo, sin razón aparente, detuvimos la conversación mientras observábamos a la mujer acercarse. Cuando ella finalmente apareció en la parte trasera del auto, a escasos metros de nosotros, se me hizo un nudo en la garganta: ¡Estaba totalmente desnuda! Ni siquiera llevaba zapatos.
Los dos policías se quedaron boquiabiertos contemplando el depilado cuerpo en cueros de la mujer.
Ella dijo: “El no ha bebido, solo estaba atendiéndome a mí ¿No hubiesen hecho Uds. lo mismo?”
Los policías no respondieron, Estaban absortos contemplando la blanca mujer desnuda y totalmente depilada. Posiblemente era la primera vez que estos hombres, de origen campesino, estuviesen observando a una mujer desnuda con el cuerpo totalmente depilado. La depilación, especialmente a láser, era inconcebible en las remotas campiñas cubanas.
“! Vuelve al coche!” ordené.
Pero ella continuó “¿Hay algún problema agente?”
A esa altura la mujer estaba a poco menos de un par metros de los policías. Casi podían tocarla.
El policía más pequeño dijo entonces “No, ninguno. Prosigan.” Ella dijo: “Muchas gracias, son Uds. muy comprensivos. Vamos mi amor” y haciendo un gracioso giro, retornó al auto, dejando a los agentes en la contemplación de sus descubiertos atributos, que vibraban al andar.
 

 
         
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