Experiencias - Teresa Nanfito(b)

Tenía nueve años y ya había empezado a sufrir, y no porque me hubiera empezado a depilar, ¡eso no!, sino porque tenía dos hermanas adolescentes de catorce y quince años que ya se depilaban.

El procedimiento generalmente comenzaba el domingo, ni bien papá se iba  a la cancha, así el resto de la familia (todas mujeres) podíamos andar en bombacha y corpiño a nuestras anchas por toda la casa, y con derroche de pelos por donde quisiéramos.

Yo las veía calentar en un tachito de aluminio, un engrudo ceroso amarillo descompuesto con un olor asqueroso, y luego, cuando ya estaba todo listo, observaba como se lo aplicaban bien caliente sobre los pelos.

Generalmente la que recibía la cera en el cuerpo gritaba improperios, y la que la aplicaba se reía a más no poder. Pero eso no era todo. Después venía la parte en que agarraban la cera media dura media blanda, porque había que encontrar ese extraño equilibrio, y de un saque la arrancaban.

Los gritos e insultos a la humanidad que eran proferidos en ese momento me hacían erizar todos los pelos de la nuca, mientras seguía atónita el procedimiento desde lejos, porque de cerca era muy impresionante.

Una vez finalizado el proceso para ambas, terminaban tiradas en el piso fresco de baldosas del garage, todas transpiradas y riendo, felices de haberse deshecho de todos los pelos.

Yo no entendía por qué estaban tan felices si ese trámite horrendo y doloroso lo volvían a repetir cada quince días.

Pero como la moda es mala y traicionera,  con el auge de las mallas super cavadas, vino el auge de la depilación del super cavado ya se imaginan donde

Si el sufrimiento antes era impresionante luego se transformó en inimaginable…

 

Crecí, y decidida a no tener que soportar eso, comencé a investigar sobre las técnicas de la depilación femenina.

Mi primera incursión en el tema fue la maquinita de afeitar, un sistema rápido y cómodo aunque efímero, ya que el vello volvía a aparecer al otro día porque no se arranca, se corta al ras de la piel y, para colmo de males, asomaba más grueso y áspero.

El problema no radicaba en las piernas y axilas que más o menos iban bien, pero el cavado… cuando los malditos pelos comenzaban a crecer picaban, pero, no se si se entiende bien, PICABAN TERRIBLEMENTE, MUCHO, MUCHO pero MUCHO.

Y generalmente la picazón comenzaba “de improviso”, por ejemplo estando en una clase en la universidad escuchando concentradísima a un profesor,  de pronto los malditos cobraban vida y comenzaban a picar. Y todos juntos.

Obviamente una no se podía rascar, así que se empezaba a acomodar en la silla en un sinnúmero de vueltas como las que da un perro antes de acostarse.

¿Cómo solucionar esta tragedia sin recurrir a la cera?

¡Ah! Ese fue el paso dos…

 

¡Bingo! La muy útil pinza de depilar, que claro, para sacarte los pelos de las cejas, lágrimas aparte, era bastante rápida, pero para el famoso cavado se necesitaba tiempo…

¿Cómo hacerlo? ¡Encontré el tiempo justo! Mientras mi mamá dormía la siesta y papá estaba trabajando, en ese ratito de descanso entre el almuerzo y volver a agarrar los libros de estudio, me instalaba en el baño y todos los días, sí, todos los días, sacaba y sacaba. Lo jorobado fue el primer día, que había mucho para sacar, era algo así como un ligustro sin podar, luego el mantenimiento era más fácil,  pero no había que descuidarlo, no señor, sino empezaban a aparecer pelos por todos lados. En esta instancia podía surgir un inconveniente: tantas horas sentada en el inodoro ¿podría generar hemorroides?

 

Pero el tema de podarse una misma tenía también puntos álgidos.

Recuerdo una vuelta que había descuidado el mantenimiento y un día abrí la agenda y me encontré que tenía turno con el ginecólogo en dos horas.

Corrí a bañarme y tuve que recurrir en un rapto de desesperación, a mi amiga, la maquinita de afeitar.

Saqué los pelos a las apuradas, terminé de ducharme, me vestí, y salí corriendo a mi visita ginecológica anual.

Una vez hechos los saludos de rigor, ya bien instalada en la incómoda camilla ginecológica y quedando expuesta como un lechón al asador frente al médico, me di cuenta que él se tentó. Pero se tentó de una forma tan evidente que no podía disimularlo.

Yo me hice la tonta y no dije nada.

Una vez en casa corrí a desnudarme y revisar con un espejo ahí… descubrí horrorizada que no sólo me había cortado sino que “el bigote” había quedado tremendamente desparejo. MUY desparejo.

 

Ya era el momento del paso tres: la crema depilatoria.

Dos días antes de tomar unas esperadas vacaciones hacia la playa, corrí desesperada a la perfumería y le pedí a la vendedora me recomendara una buena crema depilatoria. Ella me sonrió y me dio una con aloe vera, placenta de tortuga y esperma de ballena (y todos esos rarísimos ingredientes que se supone que a las mujeres nos fascinan).

Volví a casa, me encerré en el baño y desparramé la crema por todo el cavado y, haciéndome la viva, me animé y lo hice más “provocativo”…

Había que dejarlo unos minutos pero yo estiré el tiempo un poco más, para asegurarme el efecto, aunque algo por ahí abajo se había empezado a calentar. Comenzó a doler y desesperada me saqué el producto con el cual salieron los pelos pero también pedazos de piel. Aparecieron unas hermosas ampollas y descubrí que era alérgica.

Terminé untada con una pomada para las alergias, quemaduras y demás, y pasando los 10 primeros días de vacaciones en la playa bajo la sombrilla y con un hermoso vestidito floreado en lugar de la malla, pues el paisaje por allí abajo había quedado un tanto sinuoso.

 

Tantos intentos fallidos y no había probado todavía las bandas de cera fría (paso previo a decidir la tortura de la cera caliente). Finalmente me decidí y fue un fiasco: hice todo lo que indicaba la cajita, esperé el tiempo REGLAMENTARIO y cuando las saqué quedaron todos los pelos bien agarraditos en su lugar de origen bañados en un pegote que sólo conseguí sacar con una mezcla de solvente y trementina…

No tenía salida… era hora de intentarlo.

 

Tomé coraje y dejé crecer los pelos. Me saqué un turno en un gabinete de depilación y encomendé mi alma a San Expedito, patrono de las causas justas y urgentes (¡me urgía sacarme los pelos!).

Al llegar me hicieron un interrogatorio digno de la CIA donde finalmente debía elegir el tipo de cera. “¿Hay más de una?” Pregunté en mi ignorancia. Y allí mismo la experta, haciendo vientito con sus pestañas postizas y encandilándome con sus uñas esculpidas, luego de agitar sus extensiones capilares se preparó para darme toda una clase a saber: la cera vegetal de miel, cuyo principio activo es el aloe vera, es efectiva en todo tipo de piel, la cera roja es la que se utiliza en zonas que no soporten altas temperaturas (¡mi cavado!), la cera azul es ideal para pieles con sensibilidad extrema y con acné (por suerte NUNCA TUVE acné por allí abajo), y la cera negra se usa para vellos muy duros a temperaturas calientes (¡descartada de inmediato!).

Tomé aire y obviamente me decidí por la cera roja. Transpirando me encaminé al gabinete cuando la experta me bloqueó el paso y me preguntó si tenía várices, pues en ese caso la cera estaba contraindicada. Yo le expliqué que efectivamente tenía unas pequeñas arañitas en las piernas pero no en el cavado. Ella igual me prohibió la entrada.

¡Tantos años tomando valor para finalmente no poder hacerlo!

Sin decir una palabra sonreí y me encaminé hacia la puerta.

 

Corté por lo sano, me fui a una casa de electrodomésticos y me compré la depiladora eléctrica, que no puedo usar en las axilas porque me re-duele así que allí me volví a amigar con mi amiga, la maquinita de afeitar, con su femeninamente patético color rosa  y  su banda hidratante de aloe vera. Mis piernas también se quisieron reconciliar con la maquinita, así que felices y contentas las axilas, las piernas y la maquinita se hicieron nuevamente íntimas.

Conclusión, la nueva “maquinola” terminó usada para el super cavado: duele casi tanto como cuando por hambre te comes la punta de la pizza caliente y te quema el paladar, y también ofrece las mismas ventajas, como toda la zona queda adormecida por el dolor,  después ya no se siente nada ¡como con la pizza que luego de la quemadura no se siente el sabor! Como arranca todo dura igual que la cera y no quema. ¡Ah! Y viene con una banda “antidolor” que no sirve para nada, solo hace un trabajo psicológico en la cabeza de la víctima que la usa,  pensando que colocando eso va a doler menos.

 

Lo que no me animé todavía es a la depilación definitiva… tal vez, un día de estos…

 
         
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Bases del concurso
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