YO TAMBIÉN FUI GILIPOLLAS Y ME PASÉ LA MAQUINILLA - BERTA BRUNET(madrid)

YO TAMBIÉN FUI GILIPOLLAS Y ME PASÉ LA MAQUINILLA
 
Lo confieso, me confieso, soy culpable…yo también fui gilipollas y me pasé la maquinilla, total, tenía 13 años, y leyendo los testimonios de unas y otras me parece que no fui la única pardilla. Entre todas podríamos formar el club de las tontas con pelos como púas.
Así pasé toda mi adolescencia. Un novio se sucedía tras de otro. Les gustaba un poco. No soy ni guapa ni fea. Empezaban por los besos, y poco a poco iban bajando. Yo les dejaba ir haciendo. Hasta que varios días después se encontraban con mis piernas. Era como un shock. Yo, tan suave, tan rubita, tan delicada y de repente, plas, era como si hubieran entrado en un campo de concentración: todo alambre de espinos. Los ahuyentaba en cuanto me tocaban las piernas. ¡Qué se le va a hacer!
Y aprendí. Tánto que aprendí. Cuando ya tenía como 16 decidí que no era vida la dependencia de la maquinilla. Es como una drogadicción. Cuanto más me afeitaba, antes me salían los pelos y si no lo hacía me crujía toda la piel, mi epidermis se ponía revoltosa, impertinente, contestona. Mis piernas me pedían a gritos: ¡aféitame, aféitame! Estaba, definitivamente, enganchada. Y todos los días me golpeaba contra el armario de mi cuarto: soy tonta, muy tonta, tontísima, gi-li-po-llas. Advertía a mi hermana pequeña y a mis primas y a las vecinas. Cuando tengais 12 o 13 años no se os ocurra pasaros la maquinilla. Pero basta que se lo dijera para que hicieran lo mismo que yo. También a mí me habían advertido. Pero nada.
Digo que a los 16 descubrí las cremas depilatorias pero pasé de un suplicio mecánico a otro químico. Era como un bueñuelo de fresa relleno de amoniaco. Qué asco, Dios. Todavía no puedo soportar el olor de las peluquerías que tanto me recordaban a estas cremas. Para qué decir que hube de ir al dermatologo. La maquinilla al fin y al cabo era como la guillotina. Le cortaba la cabeza o más bien las extremidades, a los pelos. Pero las cremas eran guerra química, pura y dura. Y mi piel, cansada de tanto tajo dijo: yaaaaaah,¡ no puedo más!. Me salió dermatitis y luego unos eczemas de no se qué. Por supuesto que dejé de usar minifalda e incluso camisón. Era una chica, simplemente, melenuda (y que cada cual piense dónde tenía las melenas) .Opté entonces por las terapias naturales porque estaba harta de tanto asesinato . Tenía que esperar a que la Luna encogiese para depilarme, y lo hacía con papeles y ceras vírgenes con miel y aloe vera y un montón de productos que decían que mimaban la piel. En la fase menguante me tenía que depilar y en la creciente me tenía que cortar el pelo. Así estuve un tiempo hasta que se me volvió a olvidar y alguna vez lo hacía al revés y mis pelos seguían ahí. Una pelea tras otra. Hasta que me eché un novio que estudiaba medicina y me enchufó en un grupo de investigación dermocapilar. Eramos cobayitas monísimas. A mí, después de lo vivido, no me importaba que hicieran experimentos en mis piernas. Total, primero había vivido la revolución francesa, guillotinando todos mis pelos, y después los campos hitlerianos con bombas mostaza y cosas así. Nada peor me podía pasar. Y asi fue como descubrí la depilación laser que es como ¿cómo lo diría? mi actual piel es como un plástico fino, sin pelos, sin agujeros, sin granos ni rojeces, sin escamas…es como meterse en un cohete y viajar ingrávida por el espacio, ligera, sutil, divina, soy una dermonauta de las alturas, del cosmos y las estrellas. Mis piernas son, simplemente, de película.
 
BERTA BRUNET

 
         
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