A LA MUJER BIGOTUDA - Alejandra Reyes(mã©xico)

Mi tía me miraba através de sus gafas. Me levantaba la cara por la barbilla examinándola, me pasaba los dedos sobre el labio superior, enfatizaba las orillas, cerca de las comisuras de los labios. El humo del cigarro que sostenía en la boca se me metía directo a los ojos. Solo cuando las lágrimas y la tos me atacaron sin cesar, se alejó de mi rostro. Quitó el cigarro de entre sus labios y tiró la ceniza en una servilleta que tenía sobre la mesa, junto a la ventana, exhaló el humo, se aventó sobre el sillón que estaba a su lado y me miró inquieta. Yo temblaba, sentía que me estaba haciendo un examen, y a juzgar por su silencio, estaba a punto de reprobar la prueba. Movió la cabeza negando y se quitó las gafas.
            -Bigotona. Ni modo, estás bigotona-. Yo la miré como si me acabaran de detectar una enfermedad mortal. Puse mis manos sobre la boca buscaba los malditos vellos que la hacían decirme eso-. En vez de heredarte dinero, hija, tu padre sólo te heredó ese bigote negro y tupido.
            Yo no sabía que esas herencias había que repudiarlas. De hecho era la primera vez que se me ocurría que el bigote negro y tupido sería un problema en la vida. Al menos la cara de mi tía lo declaraba de esa manera.
            Ella se levantó por fin y caminó hacia la cómoda. Sacó una agenda y se me acercó de nuevo. Se puso las gafas con prisa, tomó mi barbilla otra vez, movió mi cabeza de un lado a otro, negó con más énfasis, está vez con los ojos entrecerrados y juntando los labios como una viejita, me soltó pensativa, volvió al sillón y pasó las hojas con calma, con precisión.
            -Y ya sabes lo que decía tu abuelo, ya sabes…
            -No, ¿qué decía?
            Me clavó esa mirada que solo las tías solteronas tienen.
            -Que a la mujer bigotuda…
            Carmelita entró con chocolate recién hecho, me dio una taza rebosante de espuma, olvidé por un momento mi bigote y lo que mi abuelo decía de él. Carmelita dejó la taza de mi tía en la mesa, recogió la servilleta con cenizas, también recogió, de la mano de mi tía, el resto del cigarro que empezaba a consumir el filtro y se perdió por la misma puerta por la que había entrado. Carmelita también tenía bigote y no parecía preocuparle.
            Bebí de la taza.
            -Límpiate esos bigotes. De por sí… y ahora con espuma, te ves terrible. ¡Aquí está!- Mi tía se veía contenta de un hallazgo que yo no entendía todavía. A mis doce años nunca me había preocupado mi bigote, ni siquiera había notado que lo tenía y ahora el chocolate, el bigote, todo resultaba un problema-. Párate muchacha, pásame el teléfono.
            Lo hice, le dí el teléfono y muy seria marcó un número. Yo me senté en el suelo con mi taza de chocolate entre las manos.
            -Quiero hacer una cita… Sí, es Alejandra, Alejandra Reyes… Depilación de bigote… Sí, espero…
            ¿Depilación de bigote? ¿Alejandra Reyes? Esa era yo y no me parecía nada bien que mi tía dispusiera de mi bigote, al menos podría pregúntame si no le tenía algún tipo de afecto, si quería quitármelo, pero era mi tía y cuando se le metía una idea en la cabeza nadie la detenía, así que guardé silencio y esperé, estaba segura de que se le olvidaría en unas horas. No se le olvidó.
            -A las seis está bien. ¿Nos atiende Mary?... ¿Vacaciones?... Bueno, no importa, con quien esté, es urgente sabe…
            ¿Urgente? Traté de ver mi reflejo en el chocolate para saber porqué era urgente. Pensé que quizás durante la comida el vello maldito había invadido mi rostro o algo parecido, porque no sabía donde estaba la urgencia de quitarme el bigote. Descubrí que el chocolate no reflejaba bien los rostros de la gente.
            Mi tía colgó y sonrió satisfecha.
            -Listo.
            -¿Qué?
            -Pues tú cita. Hoy mismo te quitamos ese desagradable bigote.
            -Pero no quiero quitarme nada.
            -Eso dices ahora…
            -Eso voy a decir siempre. No quiero, tía.
            -Imagina cuando te den un beso. ¿Quieres que el chico que te bese vea tu bigote?
            Nunca lo había pensado y, ¿si le raspaba? Quizás mi tía no estaba tan loca.
            La mayoría de mis amigas ya se habían dado su primer beso y se la pasaban hablando de todos los preparativos que había hecho para que el momento fuera perfecto. Ensayaban con los antebrazos; cerraban los ojos, más, menos apretados, según la pasión que quisieran imprimir al momento; se mojaban los labios, los humectaban con bálsamo de no sé qué; pero nunca mencionaban nada acerca del bigote. Uno no va por el mundo hablando de su bigote, al menos no si eres mujer, no llegas al colegio y dices: Mira ya me salió el bigote. No se habla de pelos con las amigas. Pero después de todo si me besaban próximamente no había razón para que el chico abriera los ojos, eso no era de buena educación. Como sea, tal vez y solo tal vez mi tía tenía razón.
            -¿Duele?
            -Pues cómo no va doler, hija. Toda la belleza duele. Pero vale la pena.
            -¿Mucho?
            -Es solo un jalón. No tienes porque preocuparte.
            Por un momento pensé que era mejor nunca besar a nadie. Después de todo el bigote no se veía tanto, o ¿si? Volví a palparlo con mis dedos.
            Mi tía me mandó a lavarme los dientes y a cepillarme el cabello para salir de inmediato a la cita con mi depilación.
 
Me pasaron a la cabina que estaba atrás del salón de belleza. La jovencita que me dio una bata y me pidió que me acostara en la camilla sonría mucho. Demasiado.
            Yo estaba nerviosa, sentía que mi corazón se salía de mi pecho, respiraba profundo y mi tía, en vez de apoyo moral, se reía.
            -Verás que no tarda mucho.
            -Pero…
            -Le preocupa que duela, ¿sabe?
            -No tienes porque preocuparte. Es solo un jaloncito. Acomódate, ahora vuelvo.
            -Ya sabes lo que decía tu abuelo, y tenía razón.
            No recordaba si en realidad mi tía había concluido la frase de mi abuelo, además ¿por qué demonios era tan importante lo que decía mi abuelo?
            -¿Qué decía?
            -Que a la mujer bigotuda…
            -He vuelto. ¿Ya estás lista?
            -Es que estoy nerviosa.
            -Por dios, Ale, recuérdame no ser yo quien te llevé por primera al ginecólogo. Súbete de una vez y en menos de lo que te das cuenta habrá terminado.
            Me puse la bata sobre mi ropa y me acosté seriamente confundida. No es tan malo andar por el mundo con pelos extraoficiales. Total, ya estaba decidido, nunca iba a besar a nadie y lo que mi abuelo dijera o no, era de poca importancia, seguramente él nunca tuvo que enfrentarse al horrible olor de la cera caliente y los palitos con la que la mezclaban.
            Me pusieron talco sobre toda la parte superior de mi labio y después me ignoraron por un momento. La muchacha parecía estar haciendo queso, lo subía con la cera en hilo perfecto y giraba el palito. Mezclaba, subía el palito y giraba. Me dolía el estómago. Tocó con un dedo la temperatura y cubrió con la cera solo la mitad de mi bigote.
            -Quema…
            -Deja de quejarte, Ale. Te va a encantar como te vas a ver. Después se te hará un vicio querrás depilarte toda.
            La muchacha en silencio puso un pedazo de tela sobre la cera en mi rostro y jaló.
            ¿Sólo un jaloncito?
            La belleza duele demasiado. Nadie podía hacer esto por gusto. Todas la mujeres estaban locas.
            Mi grito inundó el lugar entero. Empecé a estornudar como si tuviera alergia.
            -¿A poco te dolió tanto?
            Las lágrimas salían involuntariamente de mis ojos. Y mientras ponía mi mano helada sobre mi piel para refrescarla movía mi cabeza para indicarle a mi tía que definitivamente sí, dolía y mucho.
            -Ya casi acabamos.
            Muchacha del demonio. Seguía girando el palito con cera y justo cuando intentó ponérmela sobre la otra mitad de mi bigote, me incorporé en demanda de que la tortura acabara. No alcancé a decir nada porque mi frente había chocado con su mano y el palito. Mi tía borró su sonrisa y tiró su bolso al suelo. La muchacha empezó a dar grititos mientras movía su mano para secar la cera. Algo estaba decididamente mal, lo sabía.
 
Mi tía insistía en darme ánimos mientras yo ponía cara de puchero.
            -¿Cómo voy a ir así a la escuela?
            -No es tan malo.
            -Es horrible.
            -No seas exagerada, sólo fue la mitad. Además tú tuviste la culpa, mira que moverte.
            -Me veo horrible.
            -La podemos pintar.
            -Parezco un payaso.
            -Crecen, es lo bueno, crecen.
            -No es un consuelo, todos se van a reír de mí.
            -Al menos ya no tienes bigote. Ya ves lo que decía tu abuelo: a la mujer bigotuda…
            -¡Ni ceja, tía. Ni ceja…! ¡No tengo ceja!
            -Bueno siempre puede ser peor, pudo haber sido la línea del bikini.
            Tal vez y solo tal vez mi tía tenía razón, pudo haber sido peor.

 
         
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