Cuando contaba con trece años, la depilación era para mí un gran misterio, al igual que las calorías de los alimentos o las películas de tres rombos. Sin embargo, envidiaba a las niñas que lucían las piernas lisas y bronceadas, mientras yo las ocultaba bajo las blancas medias de mi uniforme escolar, pero, ¡Qué horror!, mis pelitos eran tan grandes que se salían de las medias y pareciera aquello cuando se miraba con detenimiento un negro pastizal sobre una capa de nieve. Así que, dado que era una época de tomar decisiones importantes (usar por primera vez sujetador, aprender a ponerse un tampax y todas esas “cosas de mujeres” que nos toca aprender de golpe cuando entramos con pies temblorosos en el turbulento periodo de la adolescencia), decidí con valentía que había llegado la hora de depilarme, y como era la primera vez, mi madre me recomendó que fuera a una peluquería.
De la sala de espera a la pequeña sala de depilación sólo había unos pasos, pero a mi me pareció un largo camino hacia la silla eléctrica. La peluquera, al verme con esa cara, sonrió y me preguntó: “¿Es la primera vez?”, yo asentí con la cabeza y ella me tranquilizó diciendo que eso del dolor era un mito. Así que me tumbé en la camilla sobre un papel blanco cuya función era proteger el mobiliario de las manchas y vi como, demasiado rauda, la peluquera cogía el botito de cera tibia y lo empezaba a extender por mis piernas de oso. “Vaya” pensé, “Si al final va a resultar agradable y todo”.
Pero no, descubrí que una vez más tenía razón la sabiduría popular en eso de que no se puede una fiar de las primeras impresiones. Tras la cálida sensación vino un tirón tan fuerte y despiadado que se me saltaron las lágrimas. Un tirón que, sabía, habría de repetirse demasiadas veces en mi vida.