Situaos: principios de los ochenta, dejando atrás mi jersey de “Fame” con mangas de murciélago y mis pantalones pitillo del invierno, noté que la pelusilla de las piernas se tornaba más y más negra contrastando acusadamente con la palidez de mi piel.
Mi hermana mayor se casó y en la cómoda común olvidó algunos recuerdos de su soltería, investigando conseguí reliquias que fosilizaban en el hogar materno, entre aquellas había un fajo de cartas de sus amigas, un tanga rojo deshilachado y una cuchilla de afeitar.
Mientras leía las cartas buscando indicios sobre lo que susurraban a escondidas, jugueteaba con la Filomatic y he ahí cuando de repente me depilé un trocito de pierna y … para mi sorpresa y deleite por circunstancia tan ilegal, (infringía leyes matriarcales que disponían que si te depilabas luego salían más)… se me reveló que esos pelos no tenían porqué estar ahí, se quitaban con facilidad, así que me puse manos a la obra y me rasuré las piernas,… la suavidad era… casi orgásmica (dije yo, sin saber que era eso).
Con la euforia del neanderthal de “En busca del fuego”, semejante hallazgo era... ¡la respuesta a mi mutación hormonal!, con un método indoloro… mi epidermis figuraba lisita como la de las zancas de mi Nancy… - ¡sí!, mi Nancy, ¡qué pasa!,… fui púber en los ochenta, y los tiernos infantes éramos más ingenuos que los de ahora.
Salí a jugar a la calle y esta vez me importunaba menos que mis calcetines largos se desplomaran al saltar a la goma jugando la última versión del Filiquituli macatuli la potínguele … - ¡ya no era peluda… ya sonreía de nuevo!.
Ensimismada, me hacía cosquillitas en las piernas para disfrutar de la sedosidad que acontecía en mi piel.
A los dos días,… encontré que algunos pequeños pelos se manifestaban por mis extremidades inferiores, me sorprendió, creí… que no ocurriría tan pronto, aunque… eran insignificantes, y hasta que se hicieran largos y tupidos como los de antes faltaba mucho, (resolvía el enigma aplicando la regla de tres y vanagloriándome por aplicar las matemáticas a la vida corriente), los otros habían tardado doce años en salir ¿no?, pues estos invertirían lo suyo también (¿había comentado ya mi candidez en aquellos maravillosos años?).
Pero al cuarto día,… aquello ya estaba lleno de pequeños alien-pelos resueltos a colonizar todo el planeta-piernas, así que… mi mente analítica evitó que me venciera el espanto propio del apercibimiento inicial,… y peritando el alcance de la crisis, recogí una muestra de campo y la sometí a minucioso examen, concluyendo en que eran más duros, más negros… y más gordos - ¡Madre mía… eliminados… sí!… pero… ¡HABÍA MEJORADO LA RAZA!
Ante semejante invasión, resolví interceptar el avance, contraatacando con mi nueva superarma secreta e indolora,… una nueva sesión de cuchilla con cabezal basculante, mango ergonómico con textura granulada, suaves microtensores, tres hojas antifricción montadas sobre muelles, y filamentos cruzados que vibran gracias a su sistema catch 3 turbo, pues… ¡qué se habían creído!… cuando la contienda se consumó, comenzó mi zozobra,... ellos volverían,... temí pasar el verano en vaqueros de los que solo me despojaría para bañarme en el pilón de mi tío donde la gente me quería, peluda y todo.
Al poco tenía las piernas tiznadas de pelos que pardos y hercúleos punzaban mis manos al comprobar su calibre y cuando veía el muñeco Macario de José Luis Moreno no podía dejar de sospechar que esa era la imagen que percibía la humanidad de mí, angustiada planeaba mi vida,… tendría que usar pantis gordas de espuma, y no podría salir en bermudas en verano, por supuesto se acabaron los tirantitos… de día, porque… a la luz de la tea no hay mujer fea dicen… quizá vivir así no esté tan mal… reflexioné abatida.
Una pesadilla se repetía, me ponía un vestido de tirantes y salía a la calle… cuando jugaba con mis amigas caía en la cuenta que mis axilas eran camas de faquir… no podía cubrirme porque era verano… y yo sin una mísera rebeca… - ay, ¡qué sofoco!, aún se encogen rincones de mi alma al recordarlo.
Pero no cesé en mi empeño de acabar con aquel asedio, y ante el desastre de las armas blancas que (aunque sofisticadas) eran métodos tradicionales, investigué acerca de un ataque químico por sorpresa a lo Hiroshima y Nagasaki; invirtiendo así el contenido de mi hucha de Heidi en un creciente valor a largo plazo,… la CREMA DEPILATORIA; y digo ataque químico porque pasó una semana antes que se fuera el aroma a huevos pochos.
Unos años después de aniquilar vello sublevado con cuchillas, cremas, e incluso decolorantes que tapizaban mis piernas de amarillo pollo, me lancé a dar otro gran paso en mi vida, mi primera vez… mi mocedad fue inocentona… pero yo ya pensaba en dar un cambio, algo como las ceremonias iniciáticas de las tribus.
Aquellos años de la arruga es bella y amplias hombreras aún quedaban máximas que procedentes del medievo no se habían disuelto a pesar de la joven democracia y los cercanos años del destape, me refiero a: la primera vez que lo hagas ha de ser con alguien que te quiera, especial, con experiencia, no lo olvidarás nunca, duele algo pero después proporciona una gran satisfacción.
Y así fue… amigas y amigos, (como decían las radio-cartas al consultorio sentimental de Elena Francis que mi hermana mayor ponía cuando yo hacía los deberes de sociales) os contaré mi primera vez… se cumplimentaron los elementos del axioma: amor, experiencia, especial e inolvidable… ¡sobre todo esto último!,... veamos… elegí a la persona apropiada para dar un salto de tal magnitud, esa ceremonia que separa a las mujeres de las niñas: ¡ejem!... Mi madre,... sí, suena perverso, ella fue mi mentora para... hacerme la cera.
Sí, mi madre, me quiere, experimentada, mujer especialmente fuerte donde las haya, curtida en los crueles años de la postguerra, ella… ¡ay el congojo enturbia mi vista!, ella me hizo la cera por vez primera.
Creyendo a pies juntillas a los creativos de publicidad; esos tirones parecían imperceptibles, porque las sonrisas de las chicas que se depilaban en los anuncios no se inmutaban, (ahora entiendo, que la aparente alegría de esas mozas no mermaba porque carecían del vello previo a la aplicación de la cera, ¡claro, así también sonrío yo, no te fastidia!, ¡pero… si no tenían ni un pelo!),… yo me instruí, bien por los sinceros publicistas bien porque según datos recabados por la panda de catequesis y de balontiro, la depilación duraba más si acontecía en luna llena y con regla, tras de la cual debía frotar las piernas con zumo de limón (a mí me daba que eso escocería) para que estuvieran más tersas y suaves si cabe.
Fue…una tarde de verano…calor… (Spielberg pondría música de tiburón IV) mi decisión era firme; mi madre se encargaría de los prolegómenos así como de su ejecución.
Después de la siesta de la peli de Tarzán, escuché bulla en la alhacena,… era mi madre buscando “la lata de la cera”, sí… ese bote con trocitos de cera y restos de pelos arrancados de raíz de depilaciones anteriores… ella me pidió que abriera la hamaca de rayas naranjas y verdes, puso unas toallas viejas encima, y unas hojas del “Pronto” en el suelo, para no manchar explicó.
Traté de no comparar esa parafernalia con las tribulaciones propias de escenas de parturientas en el Far West, en las que alguna improvisada matrona chillaba ¡traigan más toallas y más agua caliente!... y aquella intensa fragancia provocó cierta turbación en mi ser, que me indispuso expulsando en el baño parte de los alimentos ingeridos.
El ser especial que me regaló la vida me ordenó entonces con su cálida voz: ¡ponte ahí y trae la pierna pacá!… mientras, con un palo de madera, removía lenta y se me antojó maquiavélicamente una sustancia humeante y líquida que iba adquiriendo cierta densidad.
Entonces me sujetó la pierna con fuerza y,… noté como un líquido a la temperatura propia de cocinar los mejillones al vapor se extendía a lo largo de mi tibia.
¡Cómo decirle a una madre lo que se me pasó por la cabeza en esos momentos de dolor!.
Mis piernas patalearon, los “Jolines” eufemísticos que salieron de mi boca templaban satánicos improperios que dentro de mi mente pugnaban por salir al acordarme (¡juro que fue sin querer!) de mi querida abuelita que dio a luz a mi muy queridísima mamaíta… que, por paradojas de la vida, era quien me propinaba esa tortura inquisidora… y yo noo ahí noo.
Ella seria y profesional decía:
- ¡So Quejica!, ¡si no es pa tanto!, ¿no veh que eh la de la camomila?...¡míraloo, míraloo... si eh que tieneh cada pelo pa un lao, si no te hubierah metío la cuchilla como te dije!... pero ella nadaa, ni caso, ¡tanta tontería en la cabeza!…to el día con el guachinguá ese,… Si eh que yo no sé a quién hah salío… ¡Qué no te muevas leche!… ¿qué te creíah, qué eso iba a durar to la vida?… ¡mira! ya se quedó la cera fría aquí,… si es que no te estah quieta, ¡quita esa mano!, ahora tengo que echarla mah caliente pa quitar el pegote!.
-Buaah ay buaah ay- sollozaba yo.
Tiempo (que se me hizo eterno) pasó antes que el ser luminoso que me enseñó el mundo de amor y maravillas, saliera de la habitación (como el médico que asiste el parto) y anunciara a mi padre que nervioso paseaba en la habitación de al lado…”¡ya está!”, mis pelos ya no estaban, mis piernas del color de los centollos en la feria del marisco… mis tiernos tejidos cutáneos y folículos pilosos incrementaron el volumen del “bote”.
Más tarde aún quejumbrosa, andaba con la dificultad de los aguerridos vaqueros del western, tratando de no tocar nada con las piernas, porque los roces me sellaban como a las vacas.
Mi hermano apareció con su novia, al ver cara compungida, bigote rojo y piernas estigmatizadas; preguntaron preocupados: ¿pero qué te pasa?; sorbiendo mocos con tono trágico contesté: ¡que… mama me ha hecho la cera!… se miraron y vislumbré sus risillas… no entendía porqué reían de mi dolor... algo oí acerca de que ¡si me llegan a hacer nosequé brasileñas!... pero por entonces solo creí que planeaban un viaje a Brasil.