El pelo ideal
En el verano de 1979 coincidí en las vacaciones con mi prima Carlota y mi amiga Aurora. Nos invitaron nuestras respectivas tías, que eran amigas, a pasar unos días en una playa de Alicante dónde todos los años alquilaban un apartamento. Fue allí dónde entre las tres desarrollamos la teoría del pelo ideal. Os preguntaréis que es esta tontería, pues os lo voy a explicar en un momento.
Como típicas adolescentes deseosas de conquistar que éramos, no salíamos de viaje sin antes habernos depilado a fondo piernas, axilas, bigote y cejas. Todo esto con el fin de mostrar nuestros encantos en las playas alicantinas repletas de gañanes a los que luego rechazábamos en cuanto les veíamos el más mínimo defectillo. En el equipaje no debían faltar nunca las consabidas pinzas de depilar porque ya se sabe que en las zonas de mar los pelos crecen más deprisa (esta es otra teoría en la que creíamos firmemente).
El caso es que las pinzas iban con nosotras como si fueran una pequeña parte más de nuestra anatomía, unos finos deditos metálicos de color dorado o plateado, afilados y que podíamos desplegar o guardar a nuestro antojo y siempre que fuera necesario. Nos faltaba tiempo para sacarlas en cuanto descubríamos una cabecilla negra asomando por uno de nuestros poros. Y nos avisábamos enseguidita que descubríamos la más mínima señal. Teníamos nuestras prioridades, un pelo en las piernas podía pasar, pero uno el bigote estaba muy a la vista y era motivo de histeria general.
Esto que para nosotros era una tarea rutinaria, visto desde la perspectiva actual hay que reconocer que era una pesadez. Estar pendientes todo el día de los “proyectos de pelo” que nos empezaban a salir era cosa de locos ya que, y esto sí que es una teoría comprobada, los pelos nunca abandonan su proceso de crecimiento continuo a no ser que se proceda a la eliminación total de los mismos, a saber dejándose hacer la depilación eléctrica. Ellos salen, y salen y vuelven a salir, aunque he podido comprobar que con los años se debilitan y hay algunos que hasta desaparecen, pero esta es otra historia.
Pero éramos adolescentes de vacaciones y esta obsesión de nuestras hormonas por los pelos nos parecía normal, aunque nos alejase de otras cosas, por así decirlo, más importantes. Ya se sabe que en la adolescencia el significado de “lo importante” está bastante trastocado. La actividad de sacarse pelos con las pinzas no nos impedía cotorrear al mismo tiempo, muchas veces sobre este mismo tema. El asunto es que había ratos, sobre todo en la siesta, que al contrario de nuestras tías nunca nos echábamos, que nos sentábamos las tres en el sofá o en los sillones que había por la casa y, pinza en mano, y mientras nos rebuscábamos en las piernas, cada una en las suyas, o en el bigote, tarea para la cual se precisaba de un espejo y estar cerca de una fuente de luz como por ejemplo la terraza o una ventana, nos poníamos a hablar de cualquier cosa. De una de esas conversaciones nació la teoría del pelo ideal, que consistía en pensar que todos los pelos del cuerpo estaban unidos unos a otros por debajo de la piel y que sólo era cuestión de encontrar uno lo suficientemente fuerte que aguantase el tirón sin romperse y al salir se llevase a todos los demás consigo. Claro que la teoría tenía un fallo que fue lo primero que se nos pasó por la mente, a saber, ¿qué pasaba con el pelo de la cabeza, las cejas o las pestañas, por no decir del pubis? (por aquel entonces eso de depilarse el pubis no nos era conocido). Encontramos, mejor dicho inventamos algunas soluciones no muy convincentes, como que hubiera no sólo uno, sino varios pelos ideales, uno por cada zona del cuerpo, o que los pelos de esas zonas no estuvieran unidos a ese cordón de unión. Finalmente decidimos pasar este pequeño detalle por alto.
Con la excitación de que la teoría pudiera ser cierta nos entró esa alegría infantil que te proporciona el compartir con tus amigos una idea divertida y el resto de las vacaciones nos dedicamos a buscarlo. Fue el tema del verano, nos dio fuerte. Desbarrábamos y hacíamos bromas continuamente con el pelo ideal, discurríamos e inventábamos historias surrealistas. Pronunciábamos “pelo ideal” así como las pijas, alargando el sonido de la ele final y haciéndolo nasal. Lo hacíamos a modo de burla porque la palabra ideal estaba muy de moda en ciertos ambientes pijos de esa época. Todo era ideal, el peinado, la comida, la ropa, el tipo, incluso las personas.
Hoy, bastantes años después, todavía me arranca una sonrisa pensar qué habría pasado de ser cierta nuestra loca idea. De entrada mi vida ya hubiera sido otra porque me gano la vida depilando a señoras ideales. Me gusta pensar que mi profesión podría haber sido “especialista en pelo ideal”. ¿Qué habría pasado si hubiera descubierto su existencia y me hubiera dedicado a su estudio?. Hoy sería famosa y tendría mi propia empresa que se llamaría por supuesto “Ideal”. Ya estoy desbarrando otra vez...