DEPILACIÓN POR CENTÍMETRO - Erlantz Gamboa Vilapún(publa mx)

Celia, la recepcionista, secretaria y telefonista, daba precios por teléfono, concertaba citas y recibía a los clientes. Su rutina, la forma en que respondía, se componía en varias frases de salutación y la pregunta obligada:

-¿Qué servicio desea?

Luego venía la lista de precios, los horarios libres, y la posible cita. Le asombró oír una voz gruesa, masculina, cuando lo normal eran las delicadas y femeninas. Pero, a veces, solían acudir algunos hombres, si bien no con voces tan fuertes. A los dueños de timbres de barítono no les gusta depilarse. O eso pensaba ella, hasta entonces.

Acabó la rutina, y esperó a que el cliente definiese el servicio.

-Depilación completa – dijo él-. Todo mi cuerpo.

-¿Todo… todo?

-Todo, lo visible y lo… menos visible. No quiero que me quede un pelo. Incluso la cabeza.

Celia anotó en un papel. Era mucho depilar, y más si el hombre…

-¿Cuánto mide usted? – preguntó.

-Un metro ochenta y siete.

-¿Constitución? ¿Es usted robusto o delgado?

-Robusto.

-Pues mire… todo el cuerpo…

Celia se frotó las manos. Le daban comisión por cada cliente que ella conseguía. Y los que llamaban por teléfono, ella los conseguía, o, al menos, los anotaba como propios. Serían unos cuantos dólares. Bastantes dólares.

-Muchos dólares – dijo, involuntariamente.

-Eso no me importa. Dígame el precio.

-Pues unos 10 por cada centímetro. Eso hace…

-Dos mil dólares, más o menos.

-Así es.

Celia calculó su diez por ciento. Era un buen dinero por dar una cotización por teléfono.

-¿Y a qué hora puedo ir?

La telefonista consultó su agenda. Tenía un espacio a las siete, aunque una depilación completa llevaría más de una hora, y cerraban a las ocho. Se lo dijo al cliente:

-Para una depilación completa deberá ser temprano, como a las diez de la mañana. ¿Puede el jueves?

-Sí, no hay problema. ¿El jueves a las diez?

-En punto. ¿A qué nombre hago la cita?

-Vladimir Wolkoff.

-¿Es usted ruso?

-Mis padres. Entonces, el jueves a las diez.

Celia se quedó frotándose las manos. Si seguía haciéndolo, a frotación cada diez dólares, o centímetro, se las desgastaría.

* * * * *

 

El jueves a las diez de la mañana, Celia esperaba al señor Wolkoff. Como no había clientela todavía, le acompañaba Puri, la depiladota. Se escuchó el sonido electrónico de la puerta, y ambas miraron hacia la calle. Se quedaron petrificadas. Un hombre de enorme estatura, enfundado en un gabán azul, con las solapas subidas para ocultar el rostro en el posible, acababa de entrar.

-¿Señor Wolkoff? – gritó Celia.

Puri dio unos pasos en retirada. La telefonista calculó que el cliente les daría trabajo para aquel día, y toda la semana. Había sido un presupuesto ruinoso.

-Sí- dijo tímidamente el hombre-. Pensé que por mi apellido, Wolk-off, habrían adivinado que soy un hombre lobo.

-Pase, pase – ofreció solícita Celia, mientras sujetaba de un brazo a Puri, quien estaba a punto de desmayarse-. No sabía que Wolk era lobo en ruso.

-La próxima vez – dijo Puri, con un hilo de voz-, les das el presupuesto cuando les tengas delante.

 

 
         
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