Candela ha muerto. Finalmente ha emulado a Negrín, su compañero de fatigas. El joven abandonó este mundo hace unos meses y ahora ella ha decidido reunirse con él.
Me he pasado la vida odiándolos, regañando con ellos, deseando que desaparecieran para siempre de mi vida, y sin embargo ahora que por fin se han esfumado los echo de menos. Llevábamos tanto tiempo juntos que sin quererlo se habían convertido en parte de mí. Formábamos una gran familia.
Desde que tengo uso de razón los recuerdo ahí, a mi lado, siempre incordiando. Primero fue Candela. Llegó una mañana y se instaló junto a mí. Cuando fui consciente de su presencia sentí miedo. Mi madre me dio un consejo: -Ignórala, verás que ella sola se irá -. Quizás si hubiera seguido su sabia recomendación.. Pero no, me dio por acariciarla, tocarla y mirarla directamente a los ojos. Ella no se amedrentaba y parecía decirme "no te dejaré por nada del mundo". Y efectivamente no se marchó. Con el tiempo creció, engordó y se formó robusta.
Yo empecé a cansarme de verla siempre junto a mí, una cosa era que me acompañara de vez en cuando, y otra que no me dejara ni a sol ni a sombra: bodas, comuniones, bautizos y cumpleaños. En toda las fotos salíamos juntas, como si fuéramos hermanas.
Una mañana, cuando me peinaba frente al espejo para ir al trabajo observé con estupor que Candela estaba acompañada, "pero ¿Desde cuando? ¿Cómo no me he dado cuenta antes?" La muy pendona se había subido a un tipejo a casa sin ni si quiera consultarme. Y además estaban ahí en plan romántico. Negrín era esbelto, largo y de complexión fuerte aunque delgada. Parecía perder la cabeza por aquella verruga rosada y de prominente delantera. Cierto era que estaba un poco rellenita, pero a él eso no le importaba pues le gustaban las mujeres con curvas, además era suave y tierna con él. Se pasaban el día enganchados el uno al otro, verruga y pelo. Aquella visión se hizo insoportable en mi cabeza. No quería compartir mi existencia con aquellos seres abominables, que si por separado parecían repugnantes, juntos resultaban atroces. Los ocupas, además se habían instalado en una zona anatómica privilegiada, con vistas: justo encima de mi labio superior. No hacían amago de pasar desapercibidos, más bien todo lo contrario, se exhibían al mundo, orgullosos de su amor, felices de ser como eran. Creo que fue esa actitud la que me hizo enfurecer. Tenía tanta rabia acumulada que una noche, en un momento de enajenación mental, mientras estos permanecían dormidos, cogí unas pinzas y sin pensarlo dos veces agarré a Negrín por el pescuezo y hasta que no los separé no paré. Se acabó. Había terminado con aquella absurda, insostenible y desequilibrada relación.
Negrín desahuciado y humillado se fue con viento fresco a no se sabe donde pero Candela no estaba dispuesta a quedarse de brazos cruzados ante aquella agresión, así que esa misma mañana se mostró roja, inflada, rellena de ira. Parecía que iba a explotar de un momento a otro. "El mundo sabría de aquel acto maléfico, de aquel despiadado ataque contra el amor". Y así sucedió, no hubo persona que no me preguntara por lo sucedido. Imposible no ver a "La Candela" con su vestido rojo pasión asomada al balcón labial, gritándole a la gente su tragedia.
Y debía ser verdadero amor el que se profesaban los amantes puesto que semanas después Negrín regresó. Volvió a aparecer junto a Candela. Al principio no se mostraba, permanecía escondido bajo las faldas de su amada, temeroso de mi reacción. Sentí lástima. Quizás había sido demasiado dura con aquellos tortolitos. Toleré su relación durante largo tiempo, hasta que tomaron confianza y volvieron a las andadas. Negrín paseaba melena al viento junto a Candela. Ya no tenía miedo, se sentía seguro gracias a mi nueva postura. Ante tanta exhibición y alarde de chulería, la gente no podía dejar de mirarlos. Todos hacían como que hablaban conmigo, pero en realidad eran Candela y Negrín el centro de su atención ¡Aquello era lo último! No contentos con desafiarme y ocupar mi labio superior ahora me robaban el protagonismo. Los odiaba. Aquel egocentrismo me exasperaba. No estaba dispuesta a ser mesa de segundo plato, relegada a segundo plano por una verruga y el pelo negro de sus sueños. Como mujer traicionada por su marido en busca de venganza, acudí a un profesional, un sicario para que se encargara de liquidarlos definitivamente, los quería muertos. Aquel hombre vestido de blanco me comentó que poseía una nueva arma (tecnología láser), que nos iría muy bien y prometió deshacerse de Negrín con unos cuantos disparos. Tuve que desembolsar una buena cantidad de dinero por el trabajito. Trato hecho.
Semanas después ejecutamos el plan y Negrín murió asesinado, achicharrado por los disparos a bocajarro de aquel mercenario en el mismo balcón de su casa y en presencia de Candela. La mujerona no salió ilesa del tiroteo. Impactada por el terrible acontecimiento no pudo más que encerrarse en si misma. Empequeñecida por su tristeza y herida de muerte parecía desaparecer poco a poco. Se vistió de duelo y un buen día murió. Cayó de su balcón precipitándose al vacío. Algunos aseguran que ella misma se arrojó en un acto de desesperación al comprender que Negrín no regresaría jamás.
Yo ahora estoy sola, como no recuerdo haberlo estado nunca. Es una sensación rara pero pronto pasará.