Me encontraba tumbada en la impoluta camilla del Salón de Estética cuando recibí la llamada de mi marido. Me había costado mucho tomar la decisión, pero tras meditarlo concienzudamente y atendiendo a las peticiones del hombre que más feliz me hacía, había resuelto someterme a aquel sacrilegio, a aquel insulto al pueblo que me vio nacer, y explicaré por qué. Yo soy de Pelenderas, bonito pueblo de la geografía española, que si por algo se caracteriza no es precisamente porque sus féminas seamos unas pilinguis sino porque nuestros hermosos cuerpos están cubiertos de abundante pelo —o vello, que resulta más bello—. Esto es así desde que el mundo es mundo. En invierno apenas necesitamos ropa de abrigo, nuestro preciado envoltorio nos mantiene siempre a la temperatura idónea. Con una simple camisa o jersey muy fino soportamos sin problemas los días más duros de la gélida estación. En verano, es frecuente ver a las mozas con las faldas por encima de las rodillas y las camisetas de manga corta luciendo ese elemento distintivo de que nos ha dotado la naturaleza, suave como una caricia, salvaje como la hierba. Y no digamos nada de lo que no se ve, porque allá donde no se ve podríamos hacernos largos y llamativos tirabuzones. Somos unas mujeres muy especiales. Los de los pueblos vecinos nos llaman las zorras, y repito que no es porque seamos unas pilinguis sino porque nuestro elegante aspecto es perfectamente comparable con el de un suntuoso abrigo de pieles.
Conocí a mi marido durante uno de sus viajes. Él es comerciante de tejidos y acudió a Pelenderas para hacer negocios. Enseguida me fijé en él, aunque cierto es que también me di cuenta de que él se fijaba en todas, más tarde me aseguró que solo lo hacía porque nunca había visto mujeres como nosotras y no podía evitar que se le fueran los ojos ante cualquier muchacha que se cruzara en su camino. Lógicamente me sentí muy orgullosa, principalmente porque, de todas, yo fui la elegida. Desde el primer momento fue muy cariñoso conmigo, me miraba embelesado, me acariciaba como si fuera un gato, me sacaba a pasear como si fuera un perro y me protegía de las miradas ajenas como si fuera una especie en peligro de extinción.
A los dos meses nos casamos y me marché a vivir con él a la capital. Enseguida me di cuenta de que era muy celoso, no consentía que me mirara nadie, apenas me dejaba salir de casa, prefería que paseáramos por lugares poco transitados, me obligaba a usar siempre gafas de sol y algún foulard alrededor del cuello o incluso tapando parte de mi rostro, también me compró varias pamelas y se preocupaba mucho de que protegiera mi piel de los rayos ultravioletas. “Siempre con pantalones y manga larga”, me decía. Más tarde lo confesó todo: me amaba, pero se avergonzaba de mí. Me explicó que en la capital las mujeres eran distintas y que yo debía adaptarme a sus costumbres, aquello pasaba por someterme a una depilación integral y olvidarme del hermoso vello que la naturaleza había colocado graciosamente sobre mi cuerpo. Lloré. He de confesar que lloré, pero yo también le amaba y estaba dispuesta a cualquier cosa por él.
Y así fue cómo decidí acudir a un prestigioso Salón de Estética, un lugar que no había visto nunca —ni siquiera en las películas—, de un blanco inmaculado, con unas señoritas muy simpáticas que en todo momento me repetían “no se arrepentirá de su decisión”.
Y, como decía al principio, me encontraba en una de aquellas cómodas camillas observando la cera derretirse como un helado de fresa bajo el sol cuando sonó el móvil.
—Cariño, ¿te has depilado ya? —preguntó mi marido.
—No —constesté yo— estoy a punto, si te acercas al teléfono podrías oler el aroma afrutado de la cera —añadí graciosa.
—Pues olvídalo, sal de ahí corriendo, acaba de decir el Ministro de Hacienda por la radio que los pelos desgravan, no te quites ni uno.
—¿Qué?
—Lo que oyes, vente a casa enseguida que te quiero así, como un osito mimoso.
Me incorporé en la camilla bruscamente al mismo tiempo que un sonido ensordecedor penetraba en mis oídos. A mi lado mi marido aún dormía. Respiré aliviada y apagué el despertador sonriendo. Desde que decidí someterme a la depilación láser me perseguían sueños absurdos: mujeres barbudas, pueblos imaginarios donde la belleza se medía por el pelo corporal, jóvenes en la playa que se dedicaban a hacerse trencitas con los pelos de sus brazos y piernas y cosas por el estilo. Me quedaban cinco días para someterme al tan ansiado tratamiento y acabar de una vez por todas con la pesadilla que había supuesto siempre para mí haber nacido morena y con un abundante vello difícil de disimular. Me giré y di un beso en los labios a mi marido, después me levante para acudir un día más al trabajo.