Hoy en día las mujeres tenemos que hacer malabarismos para cumplir eficientemente con todos nuestros roles en esta sociedad implacable. Entre el trabajo, los hijos, la casa, los maridos y todas las otras “pequeñas” tareas que se van acumulando por falta de tiempo, muchas somos las que no encontramos tiempo para dedicarle a la belleza personal. Tal es así que algunas de las mujeres a las que les he preguntado, admitieron no saber qué es un secador de pelo o tenían los bigotes tan crecidos que parecían Pancho Villa. Aquí es donde mi experiencia personal con el tema entra en juego.
Yo era una de esas mujeres sin tiempo para la belleza personal. Solía vestirme con enterito de neoprene en pleno verano para que nadie viera que mis pelos de las piernas estaban tan largos que con ellos se podía fabricar una peluca. Ni hablar de los “otros” pelos, que habían crecido tanto que mi marido tenía que usar guadaña para penetrar mi afropubis. En esa época usaba slip en vez de bombacha, para dar lugar al bulto que se había creado. Intenté de todo. Me hice dreadlocks ( rasta look),me los peinaba a la cachetada con gel para que ocuparan menos espacio, me cambié el nombre a Ramón para justificar la pelambre que insistía en crecer en todos lados en mi cuerpo. Tengo que confesar que durante el tiempo que fui Ramón me relajé y lucía mis bigotes con orgullo.
Pero no duró mucho, a mi marido no le causaba ninguna gracia salir con ese tipo en el que yo, por falta de tiempo, me había transformado. Un día no aguantó más y me dijo que extrañaba poder ver mi cara; que entre la barba, los bigotes y la uniceja no quedaba espacio en blanco. Ese comentario me despertó a mi peluda realidad y con esa fuerza con las que solo las mujeres podemos destapar la cloaca mientras plumereamos los muebles, le cosemos las rodilleras al pantalón del nene y preparamos los contratos para el día siguiente, puse manos a la obra.
Lo primero que necesitaba era un poco de tiempo. Empecé a revisar mi rutina diaria tratando de encontrar baches que me permitieran pasar por la depiladora o la peluquería, pero no había ninguno. Fue entonces que como un milagro me vino LA RESPUESTA: el transporte público. Había horas de mi vida que me las pasaba en el colectivo yendo y viniendo del trabajo. O las largas esperas en la estación de tren que siempre llegaba tarde porque algún tren no funcionaba o los piqueteros cortaban el paso. Por años ese tiempo de viajes lo había desperdiciado sin darme cuenta de lo valioso que podría haber sido para mí. Desde ese día en adelante, envigorizada por el nuevo tiempo encontrado y un Red Bull que había tomado, todo cambiaría. ¡Ramón pasaría a ser un hermano abandonado en el olvido!
Al día siguiente, me fui para la estación contenta pensando en lo productiva que sería la espera y en la suerte que tenía que los trenes estaban atrasados porque el tipo que manejaba las conexiones de las vías se había quedado dormido y varios trenes estaban hechos un nudo en Virreyes. Me paré al lado de un cartel con una propaganda de Coca Cola que mostraba una hermosa chica semidesnuda a la que, para mi secreto placer, algún vándalo le había dibujado bigotes. Primero recorté los labios y los guardé en mi cartera para utilizarlos más tarde. Después, con mucho cuidado, despegué el resto del papel dejando al descubierto el pegamento. Me lo fui pegando en todos los lugares de mi cuerpo en los que tenía pelos no deseados y me empecé a depilar. Para cuando terminé todos los carteles del andén a Retiro, estaban tan pelados como yo. A pesar de que era verano, me tuve que poner el saquito porque al no tener más el abrigo de mis pelos, me dio frío. Llegó el tren y yo me sentía tan liberada que no me preocupó estar apretujada entre las trescientas personas que ocupaban el vagón. Por primera vez en meses los hombres me miraban. El tren frenó de golpe y la mujer que estaba a uno de mis lados se cayó encima de mí estrellando su tostada con manteca en mi cara. No le dije nada porque me dio lástima ya que la pobre estaba tan peluda que parecía una nutria y además aproveché la manteca y las migas de la tostada para hacerme una exfoliación que me dejó la piel super suave. Ahí fue que comencé con la segunda parte: el peinado. Dando la excusa de que estaba mareada y sentía ganas de vomitar, convencí a unos que estaban sentados de que me dejaran estar parada entre medio de ellos para poder sacar la cabeza por la ventanilla. El tren no iba muy rápido pero producía suficiente viento para que el pelo se me secara. Saqué el cepillo y me hice un brushing que, si no hubiera sido por las ramas de hiedra que se me engancharon, parecía de peluquería. El pelo me quedó bárbaro, aunque la cara la tenía marrón por la suciedad que volaba afuera. Pero yo tenía todo pensado. El marrón en mi cara sería utilizado para la tercera parte de mi tratamiento de belleza: el maquillaje. Combinando el polvo marrón con un poco de café que se le había volcado al tipo que estaba parado al lado mío, me hice una base que me daba un bronceado caribe. Con la excusa de que se me había caído un arete al piso, me agaché como pude entre el maremagnun de gente y junté tierra del piso. Con ella y un hisopo viejo que encontré tirado en mi cartera, me delineé los ojos. Para esfumar el delineado aproveché el tumulto del tren y refregué los ojos contra el hombro del tipo de al lado. Con un crayón rojo que le pedí prestado a un nene que estaba coloreando un librito, me puse rubor. Por último pegué la foto de los labios que había guardado, encima de los míos y quedé impecable. Había terminado, me veía fantástica y todavía me quedaban quince minutos de viaje, así que decidí hacerme una manicura. Le dije al señor que estaba detrás de mí que su recién nacida barba me parecía sexy y le pregunté si me dejaba rascársela. El hombre se puso contento como loro en conventillo y me dijo que sí. Así que me limé las uñas contra la barba del señor, empujé las cutículas con sus dientes y me las pinté con el crayón que me había prestado el nene. Cuando terminé de pintar la última uña, el tren llegó a Retiro. Al subir era un surubí; al bajar era una diosa. Fue así que erradiqué a Ramón de mi vida para siempre.
Aquella fue la primera de un millar de veces que he usado el transporte público como mi spa personal. Es excitante ya que nunca sé con qué materiales voy a contar, depende de la gente que me toque alrededor cómo voy a salir del tren o el colectivo. Una vez tuve mucha suerte y me pude hacer un baño de crema chantilly en el pelo porque el colectivero aceleró de golpe, un señor perdió el equilibrio y me estrelló media docena de merengues con crema en la cabeza. Otras veces se me complica un poco encontrar los materiales necesarios o llueve y me tengo que poner las medias de turbante. Lo más positivo es que mi creatividad se mantiene viva y he encontrado la manera de poder lucir decentemente femenina sin desatender mis otras tareas.
Es mi placer compartir estas experiencias con todas las mujeres que por no tener tiempo se han transformado en “un amigo” para los demás. Espero que les sea de utilidad.