¡Y yo con estos pelos! - Naitsa

Ojos oscuros almendrados, cabello negro carbón y tez morena, así era Guillermo, un tipo con mucho atractivo. Le gustaba cuidarse, se sabía guapo e intentaba potenciar esa belleza a diario: gimnasio, dietas, cremas, sesiones de UVA, todo lo que pudiera contribuir a mejorar su aspecto físico era bien recibido. La depilación no quedaba al margen. Durante su adolescencia, con la aparición de los primeros pelos de barba y axilas había llegado a la conclusión que la naturaleza no siempre era tan sabia como se decía. Aquellos pelos de nueva incorporación pertenecían a una especie única: largos, larguísimos, parecían no tener fin;  tan lisos como no los había visto en cabeza de chino; de grosor espectacular y gran dureza,  aunque lo que más sorprendía era su color rojizo panocha. Mientras su melena brillaba azabache, las nuevas generaciones foliculares, mucho más modernas y estrambóticas se decantaba por el naranja oxidado. No había conocido a persona alguna bicolor, exceptuando, claro está, a Mónica Naranjo en su época “vainilla-chocolate” ¡Resultaba tan extravagante! No acertaba a comprender a que se debía aquella peculiaridad. Y fue a raíz de este contratiempo que decidió someter a vigilancia exhaustiva cada extremidad, cada rincón de su cuerpo donde el pelo fuera susceptible de aparecer, quería mantener el problema localizado.

Pero pronto las piernas y los brazos se sumaron a aquella indeseable tendencia. Era evidente que el problema se agravaba con el transcurso del tiempo, a medida que se adentraba en la pubertad. “Ya no cabe más demora, es momento de actuar” se dijo. En aquella ocasión, siendo aún novel en el tema, se decantó por el arma más utilizada por la mayoría de los mortales, la cuchilla. Con firmeza inició la batalla implorando para que aquello no fuera a más, para que todo terminara allí, en aquel lugar, aquel día. Pero el problema lejos de desaparecer pronto se extendió a pecho y abdomen. El rasurado parecía fomentar un crecimiento mayor y además de mayor grosor. “La próxima vez endureceré mi estratégia” pensó. Para la segunda contienda no quiso precipitarse y investigó más profundamente. De entre las diferentes herramientas que se ofrecían en el mercado la cera tibia parecía ser la más idónea ya que extraía los pelos de raíz logrando debilitarlos con el tiempo, haciéndolos más finos e incluso causando su desaparición, o al menos eso decían. Pero no tardó mucho en averiguar que esta opción también tenía sus inconvenientes. El método no resultaba nada placentero, a menos que se tuvieran fuertes inclinaciones sadomasoquistas, caso en el que se podía llegar a gozar de lo lindo. No había derramado nunca lagrimones más sentidos que los que experimentó con su primera depilación a la cera.

Ninguna solución pues parecía ser del todo adecuada. En ningún caso las alternativas ofertadas resultaban definitivas ni duraderas. Así, en ocasiones se decantaba por el afeitado, en otras por la cera, y en otras tantas por la crema depilatoria. Pero a pesar de los inconvenientes y las molestias que conllevaba, siempre intentaba ir bien depilado. Sobrellevaba su pequeño gran problema como podía.

 

La guerra, por tanto, no estaba ni mucho menos ganada, más cuando una tarde de julio en la ducha del gimnasio, alguien le hizo un comentario irónico que lo dejó perplejo: -ese bañador de terciopelo rojo que llevas ¿piensas ponerlo de moda, o que?-. Guillermo no acababa de entender. -¿Cómo? ¿Qué bañador ni que….? -¡Que a ver si nos depilamos el trasero, tío!- Lo interrumpió su interlocutor viendo que éste no había pillado la indirecta. Se sobresaltó. Nunca había reparado en su culo. La zona había estado todo el tiempo fuera de los perímetros de control, sin vigilancia y el pelo había crecido a sus anchas, libremente, largo, duro y rojo. El enemigo había aprovechado el vacío de seguridad para atacar por donde más dolía, la retaguardia. “Debía iniciar el contraataque de inmediato. Se depilaría de urgencia”.

Cuando se puso manos a la obra comprendió que aquello era más complicado de lo esperado. El área a tratar no se encontraba dentro de su campo de visión, así que no lograba saber por donde debía quitar y por donde no. La tarea resultaba del todo imposible. Era evidente que iba a necesitar refuerzos, la ayuda de una tercera persona ¿Pero quién? Pedirle a su padre que le embadurnara los cachetes con cera caliente y luego diese un tirón con fuerza no le parecía la opción más acertada “¿Qué pensaría aquel pobre hombre nacido en los 40, para el cual quitarse un solo pelo del entrecejo equivalía a la perdida total de la masculinidad?”.  “Quizás si se lo pedía a un amigo…” Descartó rápidamente la idea, muchos se echarían unas risas a su costa por no hablar del dudoso resultado final. No quería acabar con una quemadura de cera en las nalgas. Durante varios días se dedicó a sondear a compañeros de gimnasio disimuladamente en busca de respuestas. Objetivo: SCB (Suavidad Culito de Bebé).  – Hay gente que tiene unas pelambreras en el culo que no entiendo como no se los depilan. Claro que debe ser complicado quitárselos de ahí ¿verdad?- Las respuestas eran siempre ambiguas: “puede”, “no sé”, “supongo”. Empezaba a pensar que nadie más tenía aquel incómodo y desagradable problema. En una ocasión alguien le dio la respuesta, era tan sencilla que no entendía como no se le había ocurrido antes: “buscaría una profesional, de la depilación, ¡claro!”

 

Se alegró muchísimo cuando descubrió que en varios centros de estética incluían entre sus múltiples tratamientos la depilación masculina, más aún cuando entre las zonas presupuestadas se hallaban los glúteos. Parecía pues que no era tan inusual como le habían echo creer. Ahora solo tenía que entrar en uno de dichos establecimientos y solicitar el servicio. “No era tan complicado ¿no?”, además tratándose de un hombre, estaba seguro que dispondrían de personal masculino para llevar a cabo aquellas tareas más “delicadas”. Tardó dos semanas en escoger centro. Le asaltaban muchas dudas. Por ejemplo: “¿Debía cortarse los pelos un poco antes de ir, o quizás sería mejor llevarlos largos? ¿Le harían quitarse el calzoncillo o debía llevar un tanga?” no se sentía preparado para quedarse en pelota picada ante un desconocido, en los vestuarios del gimnasio era diferente, todo el mundo estaba en igualdad de condiciones pero allí...  Una semana después se hallaba ante la puerta de “Suave Depil a Mil”. Antes de entrar miró disimuladamente hacia el interior. No había mucha gente. Había llegado la hora. Tragó saliva y dio el paso hacia el interior. La dependienta le miró y aunque tenía un semblante amable, sus ojos parecían juzgarle de forma imperativa: “otro mariquita que quiere depilarse”, parecía pensar. Lo cierto es que el trato fue bastante correcto en todo momento, el gesto educado de la cara de ésta no cambió ni si quiera cuando el muchacho respondió que el trasero era la zona a realizar. -¿Completo?- le preguntó la señorita. “¿Que quería decir con lo de "completo"? ¿Acaso había alguien que se hiciera cachete y medio? ¿O es que podía solicitar que le gravasen un estampado? Rayas, cuadros, iniciales...” No se atrevió a preguntar, se limitó a confirmar con un movimiento de cabeza. La espera se le hizo insoportable en aquella salita llena de mujeres que le miraban de soslayo por el rabillo del ojo. Finalmente lo hicieron pasar a una cabina. – Desnúdese y túmbese en la camilla, enseguida vendrá la depiladora-. Estaba muy nervioso y no sabía hasta donde debía desnudarse, así que optó por dejarse el calzoncillo. –¡Buenos días! ¿Nervioso?- La voz escandalosa de la esteticién lo sobresaltó. Era una mujerona robusta, con cara simpática en forma de pan y modales de verdulera. – uy, pero los calzoncillos tienen que ir fuera muchacho ¡si es que quieres que te haga un completo!- Por un momento se imaginó en la habitación de un prostíbulo y a aquella señora con 50 kilos de sobrepeso dispuesta a complacerlo. Solo pensarlo se le revolvió el estómago. –No te preocupes mozo, estoy acostumbrá a ver culos, he tenio sinco hijos, jejeje. –Voy a buscar cera y cuando vuelva te quiero con el culo en cueros-. Se quitó la ropa interior con ganas de todo lo contrario, ponerse el pantalón y salir corriendo. –Bueno, ya estoy aquí. Vaya parese que he tenio suerte, es la primera vez que me toca un mozalbete joven y guapo. -Tú haces ejersicio ¿verdá? Se te nota-. La mujer parecía entusiasmada, como si le acabaran de hacer un regalo. Y lo cierto era que para aquella profesional de la depilación, tratar a un hombre era algo diferente que rompía su rutina. A la posible satisfacción de ver sufrir, incluso llorar, a todo un machote se le añadía la curiosidad de contemplar a un tipo medio desnudo ¡y si además estaba de buen ver!

La sesión transcurría casi con normalidad. Guillermo permanecía tumbado boca abajo con las piernas bien cerradas y sus atributos bien resguardados entre pelvis y muslos. Lo incómodo de la situación no le dejaba pensar en el dolor que experimentaba con cada tirón. –Has hecho bien en venir a quitarte estos pelos-. Guillermo esbozó una leve sonrisa. –Te afeaban mucho la verdá-. El hombre respiró hondo. Todo estaba terminando. –Bueno, pues ya casi estamos-. Comentó la risueña mujer. -Ahora viene lo que muxos creen que es lo más difisil pero en realidad es lo más censillo, solo tienes que dejarme hacer sin vergüenzas, porque sino te dolerá más-. Guillermo no sabía exactamente a lo que se refería, pero estaba dispuesto a hacerle caso en todo. –Arrodíllate sobre la camilla y pon el culo en pompa. “¿Estaba de broma, no?” –venga mozo ¡no tenemos todo el día! “Aquella mujer se había vuelto loca ¿pensaba hacerle una inspección rectal?”. -Cógete tus partes con las manos, las aseitunillas también y tira de ellas con cuidao hacia la barriga tapándote la partes pudientas con las manos que no se te vaya a ver que veo que te da vergüensa. “Aquello no podía estar pasando de verdad ¿Estaba soñando? Era una pesadilla de la que estaba seguro despertaría en cualquier momento”. -¡nene que es mi profesión! ¡Estoy más que acostumbrá a estas cosas!-. En realidad aquella no era tarea que Romualda hiciera todos los días. No eran tantos los hombres que se ponían en manos de una mujer con la intención de que esta le quitase las barbas del culo. Guillermo obedeció dudoso. El miedo que le producía aquella fémina era superior a toda vergüenza que pudiera experimentar. De pronto notó como las manos de la esteticién se introducía entre sus cachetes y sin que le diera tiempo a decir ni “mu” sintió como una crema calentita le recorría la zona perianal. Cuando se dio cuenta de lo que estaba sucediendo la mano de la “tipeja” se hallaba a medio camino de su trayectoria en dirección contraria al crecimiento del pelo. El tirón fue rápido y seco. Se quedó sin respiración. – Pues ahora si que podemos decir que hemos terminado – dijo orgullosa de su trabajo. – Te he dejao el culete suavesito como el de un bebé.

Salió del centro de estética mirando a banda y banda de la calle esperando que nadie lo reconociera. Andaba como si cabalgara a caballo. Tenía el culo hecho una alcachofa. No olvidaría en la vida el significado de un “completo” en depilación de glúteos.

 

Aquella experiencia lo animó a buscar alternativas. Conocía las maravillas que se decían de la depilación láser, pero el precio siempre le había echo recular. Ahora en cambio estaba convencido que valía la pena pagar por un método más definitivo y rápido.

 

 
         
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