MALDICIÓN BÍBLICA - Sabia Solomona(cantabria)

MALDICIÓN BÍBLICA

Al ser expulsados del Paraíso, Adán y Eva se taparon… ¿por qué?
Dice el Génesis que porque entonces se dieron cuenta de que estaban desnudos, ¡anda que no era despistada esta pareja!, pero no fue esa la razón: se cubrieron porque se vieron horripilantes, sí, horri-pilantes, unos horribles pelos cubrían ahora esos cuerpos que habían sido tan hermosos en el Edén.
 
Nada más pecar, Adán se escondió y Yahvé le preguntó:
 
-         ¿Dónde estás?
 
Dios lo sabe y lo ve todo, pero quería comprobar el sentido de la orientación de su hombre de barro.
 
Adán, encogido por el temor tras unos arbustos, respondió con una evasiva:
 
-         Oí tus pasos por el jardín y tuve miedo porque estaba desnudo. Por eso me escondí.
-          
¿Miedo…? ¿A qué? ¿A pillar una pulmonía? Yahvé no se iba a asustar
de verlo en pelota picada, por supuesto; lo había moldeado primorosamente a su imagen y semejanza y, salvo algún pequeño detalle que se le hubiera escapado, conocía su anatomía de cabo a rabo.
 
-         ¿Y quién te dijo que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol que yo te prohibí?
 
Pues si no fue Eva, se lo diría un pajarito, ¿o habría algún turista por allí…?
 
     - Sí Señor.
 
Nuestro padre confiesa que han comido del árbol prohibido y Yahvé se enfada mucho con ellos. Era el árbol de la Ciencia del Bien y del Mal y el Creador no quería que supiesen más de la cuenta. No le gusta la competencia.
 
Bueno, el caso es que Dios los creó perfectos, sin vello, como los vemos en las dos tablas al óleo de Durero y en los frescos de Miguel Angel en la Capilla Sixtina.
 
Dios, muy enfadado con ellos porque no le habían hecho caso, le dijo a Adán:
 
            - Ganarás el pan con el sudor de tu frente.
 
Y a Eva:
 
           - Parirás a tus hijos con dolor.
 
Y falta algo más:
 
 “¡Vuestros cuerpos se cubrirán de miles y miles de pelos!”.
 
Lo que pasa es que en la Biblia el castigo de los malditos pelos está expresado de otra manera: “El Señor Dios hizo al hombre y a su mujer unas túnicas de pieles y los vistió”.
La Biblia siempre tiene razón, pero hay que saber interpretarla, no tomar todo lo que dice al pie de la letra. Nos cuenta lo que pasó utilizando símbolos:
 
Túnicas de pieles = pelos a mansalva.
 
Dios dijo también:
 
-         ¡Creced y multiplicaos!
 
¡Vaya con Dios! No sólo nos castiga con pelos, sino que encima les ordena que crezcan y se multipliquen, y los pelos le obedecen sin rechistar, por si acaso.
 
Cuando los culpables de nuestro vello corporal eran cándidos como palomas, estaban desnudos, pero no sentían vergüenza; eran como los niños pequeños, inocentes, castos, puros, retozando por el Paraíso tan frescos con todo al aire.
 
El pelo es una consecuencia de la pérdida de la inocencia al pecar, aunque los entendidos aseguran que la revolución hormonal tiene algo que ver también. 
Los bebés nacen sin vello. Los horrorosos pelos en piernas, axilas, brazos y cara comienzan a salir en la pubertad, esa etapa tonta-tonta cuando se empiezan a tener malos pensamientos, cuando no se tiene una mente pura y casta.
Miren a los ángeles: no tienen vello porque son asexuados y no piensan cochinadas.
 
Tras el pecado original, parece ser que se les abrieron los ojos y descubrieron que estaban como Dios les trajo al mundo, nunca mejor dicho.
 
           - Adán, ¿qué tienes ahí?
 
Adán se miró “ahí”, se avergonzó de lo que vio y se lo tapó con las manos. ¿Le dieron vergüenza sus genitales o su vello…? Más adelante, cuando tuvo que usar las manos para quitarse el sudor de la frente, entretejió hojas de higuera… o de parra, ¡vaya usted a saber!, y se hizo un primoroso taparrabos, el predecesor del tanga de Tarzán.
 
Una tarde, Adán observó que el chimpancé que vivía en la cueva de al lado estaba hecho más o menos como él y razonó así:
 
- Mmmm, esta criatura ha debido desobedecer mucho más que yo, así que de ahora en adelante seré bueno, sumiso y no querré saber más de la cuenta. Y si Eva me tienta, no la haré caso por mucho que me amenace con dejarme solo o con irse de picnic con Max Gorila.
 
A ellos nadie les había dado clases de anatomía ni de sexualidad, no tuvieron padres que les explicaran ciertos detalles, no tenían hermanos mayores ni tele para que les abrieran los ojos, no había Interview ni Playboy, así que se los tuvieron que abrir ellos solitos.
 
-         ¡Ahí va, Evita!, mira qué dos bultos tienes ahí…
 
Y Eva se miró sus pechos, se los palpó y se ruborizó; cogió dos hojas más que Adán para tapar sus tres vergüenzas – las mujeres siempre hemos tenido más vergüenza que los hombres - y se hizo un tapapubis y dos tapatetas, los predecesores del bikini de Ursula Andress.
 
 
 
Nuestros primeros padres no tenían ni un mísero espejito para verse ciertas partes del cuerpo, se tenían que fiar de lo que les decía el otro.
 
-         Evita, cielo, que te ha salido un bigotillo nada atractivo. Que más que una sombra es una sombrilla familiar y no me vengas con que es pelusilla.
 
Eva se lo tocaría e intentaría mirárselo, se pondría bizca sin poder vérselo e iría al riachuelo a ver reflejada su cara en él, pero el bigotillo no se dejaba ver bien.
 
          - Adán, ¿qué puedo hacer?
 
Adán tuvo una idea: frotarle a su mujer el bigote con una piedra de sílex, el precedente de los terribles depilatorios abrasivos.
 
          -Vas a estar menos mona, costillita mía.
 
Efectivamente, “menos mona”, ¡qué bien se expresaba el hombre de barro!
 
La pobre Eva sufriría el remedio del sílex en silencio: haría cualquier cosa por complacer a su marido, aunque sabía que por muy fea que se volviera, su marido no se la iba a pegar con otra.
Su Adán le era fiel por imperativo categórico.
 
El feo vello sobre sus labios desapareció, dejando en su lugar una mancha rojiza que, a los pocos días, se cubrió de unos pelos cortitos reforzados por la poda. Ahora era Adán el que sufría:
 
        -Evita, que pinchas, monada.
 
Lo de “monada” ya sonaba a insulto y Eva derramó unas lagrimillas.
 
Los cañoncillos seguían creciendo y creciendo, pinchando y pinchando; para más inri, ella era muy morena y parecía un sargento de carabineros con mucho más bigotes que su esposo.
 
Entonces Adán tuvo otra idea genial:
 
-         Mujer, he encontrado lo que necesitas para recuperar tu primitiva belleza paradisíaca.
 
Y ni corto ni perezoso, sacó una buena cantidad de resina de un pino, la puso al sol y al rato se la untó a su mujer en las púas que le florecían debajo de la nariz. Eva estaba resignada y bien resinada. Ella se fiaba siempre del hombre de su vida, que la dio un beso y se quedó pringado.
La resina fue el antecedente de la depilación con miel y con cera.
 
Pasaban los días y las noches y pasaron algunas cosas…
 
La hoja de parra de Adán a veces se le caía, y no precisamente por la ley de la gravedad, sino por todo lo contrario, así que, sin entrar en detalles, Eva se quedó embarazada y tuvo a Caín y a Abel.
Yahvé creo y ellos procrearon.
 
La feliz mamá, al ver sin vello a sus bebés, creyó que Yahvé les había perdonado.
 
-         Gracias, Yahvé, por no castigar a nuestra descendencia con pelos por nuestro pecado.
 
La voz de Yahvé sonó profética desde una nube:
 
-         Eva, Eva, espera a que pase el tiempo…, espera y verás…
 
El tiempo pasó, los bebés crecieron y los pelos fueron haciendo su aparición en los dos hermanos, primero tímidamente, pero luego ya a lo bestia. Eva supo que Dios no había perdonado a su prole.
Los nietos, bisnietos, tataranietos, requetetataranietos y más descendientes de Adán y Eva supieron – supimos - que Dios no había perdonado.
 
 
El vello fue el peor de los castigos divinos por su desobediencia, un castigo que ha caído sobre todos los terrícolas hasta nuestros días, aunque Dios se ha ensañado, ¡y de qué manera!, con los pieles blancas, sobre todo con los nacidos a orillas del Mare Nostrum, que somos medalla de oro en las Pelompiadas, en todas las especialidades: oro en resistencia, oro en longitud, oro en velocidad, oro en fortaleza, ¡we are the champions!
El castigo ha sido más leve para los pieles amarillas, pieles negras y pieles rojas.
 
¡Aaaah!, ¡lo que nos hubiéramos ahorrado en ropa si Adán y Eva no hubieran pecado! Y tantos y tantos quebraderos de cabeza para arrancarnos esos espantosos pelos que tanto nos asemejan a los simios; nada de cuchillas, cremas, ceras, pinzas y, lo peor, terribles complejos.                                                                                     
Hay hombres que por culpa de nuestros primeros padres tienen pelos por todas partes, que los miras y sabes que son personas porque hablan y llevan ropa, pero desnudos y calladitos ya te hacen dudar. Les salen escobillas por las orejas y por las fosas nasales, su espalda parece un felpudo que baja hasta cubrirles las nalgas y por ahí sigue piernas abajo hasta las uñas de los pies, el pelo del pecho les llega hasta la mismísima nuez, y si ahí nieva ¿qué será en la sierra…?
Me viene a la memoria una jocosa cancioncilla popular. Se la oí cantar a unas mozas de un pueblo montañés:
 
Don Sisinio,
algo más
que un hombre
de pelo en pecho,
macho de mucho pelo,
una estufa en el lecho,
más peludo que un oso,
nadie sabe
si feo o hermoso,
un edredón cariñoso,
un entresijo peludo,
calentito y bien mullido,
que deja ver de su piel
tan sólo tres cosas, tres,
la punta de la nariz,
el dedo gordo del pie
y el pito al hacer pipí..
Sí, sí, sí,
Sisinio,
no te peles,
no te peles,
que te quedas en los huesos
y te nos mueres,
que te quedas en los huesos
y te nos mueres.
¡No te peles!
 
El peludísimo Sisinio, apodado “El Simio de Villaluvílla”, vivió allá por el s. XVIII. Cuentan que las mozas se lo rifaban en los inviernos crudos.
 
En fin, hemos visto que las primeras experiencias depilatorias no fueron muy afortunadas.
Las siguientes experiencias depilatorias tampoco fueron nada afortunadas.
Todas las experiencias depilatorias a lo largo de todos los siglos hasta finales del siglo XX no fueron nada afortunadas.
 
El hombre, tras millones de años condenado a vivir sufriendo las consecuencias del pecado original, ha encontrado remedio al trío de castigos divinos.
Eso tan desagradable y maloliente de sudar trabajando, se ha visto aliviado con el aire acondicionado y los desodorantes.
Lo de parir a gritos está solucionado con la epidural.
Y el láser ha sido el gran invento para acabar con el peor de los castigos de una forma indolora, inodora y definitiva.
El láser ha abortado la orden de “¡Creced y multiplicaos!”.
 
Las generaciones venideras mirarán horrorizados fotos de seres humanos peludos. Lo harán con el mismo estupor que nosotros miramos fotos de hombres leyendo a la luz de una vela.
 
Aquel día ya lejano de 1995, cuando Goldberg depiló al primer ser humano con el láser de neodimio Yag, la voz de Dios retumbó en el Cielo:
 
-         Hombre, me has  salido más listo de lo que esperaba, pero, ¡ya te ha costado descubrirlo!
   Te has librado del castigo de los pelos.
 
El Rayo Láser dijo:
 
- ¡Encoged y largaos!
 
Un coro de ángeles cantó este hermoso rap:
 
El hombre ha dejado de ser primitivo.
Láser o no láser, esa es la cuestión.
Con el láser su cuerpo ha quedado divino.
El Infierno de los Pelos ha desaparecido.
Diodo, Rubí y Alejandrita, los tres magos en acción.
Adiós al sufrimiento de la cruel depilación.
El invento más grande del momento.
El hombre se ha salido con la suya.
¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleeeluyaaaa!
 
 
Dios sonrió.
Y el homo sapiens, más sapiens que nunca, descansó…
 
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                                      31 agosto 2008

 
         
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