UNA MISIÓN PELIAGUDA - Modesto Pastor(madrid)

UNA MISIÓN PELIAGUDA

Modesto Pastor

 

-Baja, Misifú -canturrea-. Gatito bonito, gatito bonito. Micho, micho, micho...
Es lo último que le da tiempo a decir antes de lanzarse panza a tierra sobre la alfombra del salón para esquivar el certero salto de la bestia endemoniada.
Nunca tendría que haber aceptado este encargo, se dice mientras observa con expresión demudada lo que queda de su piso de estudiante, que para mayor desgracia ni siquiera es suyo sino alquilado: sofás hechos trizas, cortinas rasgadas, muebles rayados, alfombras deshilachadas, jarrones hechos añicos, cojines destripados, plumas por todo el apartamento... La cosa no pintaba bien. La gracia iba a costarle cara.
Aunque lo consideraré un pago pequeño si a cambio logro sus favores -pensó al tiempo que se le dibujaba una estúpida sonrisa en el rostro lleno de arañazos.
El animal le sacó de sus lúbricas ensoñaciones con uno de sus terribles bufidos. Se disponía a atacar de nuevo. Tuvo el tino de cubrirse el rostro con el cadáver de uno de los cojines asesinados. El enemigo se quedó momentáneamente clavado, colgado de sus temibles garras el tiempo suficiente como para que él lanzase el cojín contra la estantería. La bestia rebotó sonoramente y cayó al suelo. Ya se disponía a levantarse de nuevo, a juzgar por las apariencias, aún de peores pulgas, cuando un grueso volumen encuadernado en tapas duras le cayó sobre la cabeza y le dejó fuera de combate.
Se acercó con mucha cautela. Estaba convencido de que se trataba simplemente de una treta para tenderle una trampa y sacarle los ojos. No le parecía posible que se hubiese rendido. Al llegar junto a él, lo zarandeó ligeramente con la puntera de su zapato. Pues sí, era cierto: estaba sin sentido. Recogió el volumen del suelo, y al leer que se trataba de "La Regenta", lo comprendió todo. No estaría muerto, ¿ verdad? Eso sería un contratiempo terrible. Presa de un ataque de pánico, abandonó cualquier cautela y le tomó el pulso en el cuello. Afortunadamente aún respiraba. Súbitamente comprendió que era su oportunidad, quizá la única. Metió apresuradamente el felino en el transportín y salió corriendo.

- Ya sé que no he pedido hora, pero confío en que puedan atenderme. Es que tengo una urgencia, ¿ sabe usted?
- Ha tenido suerte. Hoy casi no ha venido nadie. Ahora la doctora está libre. Si espera un momento, le anunciaré que tiene un paciente. Un gatito, ¿ verdad?
- ...Sí - responde dubitativo al tiempo que piensa en lo ridículo que es denominar así a ese engendro maléfico.
- ¿ Me podría decir su nombre para que le abra la ficha?
- Misifú - miente sin titubear.
- Te va a reconocer la doctooora. Pero tú no te preocuuupes; es una gran profesional y no te hará daaaño -se dirige al gato como si más que un animal fuese estúpido -. Que tranquilito es, ¿ verdad?
- Huy, mucho. No lo sabe usted bien. Especialmente cuando duerme.
- Sígame, por favor.

-Vamos a ver Misi. ¿ Qué te pasa a ti? -había preguntado la veterinaria cogiendo el transportín.
-Pues verá usted, tenemos un poco de prisa, así que no me pararé demasiado en explicaciones. ¿ Podría depilarme al gato?
Evidentemente, no había sido una buena idea recurrir a la veterinaria. Tenía sus ojos escandalizados grabados en la retina. La mujer había montado en cólera y amenazaba con llamar a la policía.
Tiempo... Ya no había tiempo. ¿ Por qué tenía que haber elegido ella un Sphynx canadiense? ¿ Por qué un bicho tan raro... y feo?
-Los Sphynx son gatos aún poco usuales en España. Con un poco de tiempo, podría conseguirle uno; pero estamos en fechas muy malas. En agosto, usted me dirá. Esto va a llevar su tiempo... -le había dicho el propietario de la última tienda de animales en la que había preguntado.
Tiempo. Justamente algo de lo que él carecía. Beatriz estaba a punto de volver de sus vacaciones. Y a su vuelta, si no encontraba a su amado minino sano y salvo, él era amante muerto. Jamás le concedería una oportunidad si se enteraba de que había permitido que su querido felino desnudo terminase despanzurrado sobre la acera. ¿ Que clase de padre podría ser para sus hijos un tipo que ni siquiera conseguía encargarse de un gato sin pelo?

Piensa. Piensa. Piensa... Ya está: un centro de depilación. Si la cara de la recepcionista cuando le ve aparecer con un gato desmayado en un transportín es todo un poema, la del doctor que le atiende no resulta menos elocuente.
-Y dice usted que quiere que depilemos al gato...
-Sí. Mire, es una historia muy larga y no sé si me dará tiempo a contársela antes de que este bicho endemoniado se despierte. Y si se despierta, le advierto que estaremos todos perdidos. Tendrán que anestesiarle.
-Pruebe usted a hacer un resumen -responde el otro con una mezcla de flema y socarronería.
-Mi vecina se marchaba de vacaciones todo agosto, y no sabía qué hacer con su gato. Y ella es tan guapa e... inaccesible que no le pude decir que no cuando me pidió que se lo cuidase. Pensé que sería la única forma de conquistarla. Le tenía tanto cariño a ese bicho... Para que luego digan que los gatos tienen siete vidas. Pues este bien que se mató a la primera. Cómo podía saber yo que no debía dejarle pasear sobre la barandilla de la terraza. Y ni siquiera cayó de pie -añade aparentemente desilusionado-. No hubo forma de encontrar otro Sphinx a tiempo para su vuelta, de modo que se me ocurrió raptar a un gato callejero y depilarle. Pero me he dado cuenta de que no puedo hacerlo solo -dice mostrándole los brazos salvajemente arañados y haciendo un gesto hacia el transportín en el que descansa el gato lleno de trasquilones.
El doctor, que parece haberse ablandado al escuchar sus tribulaciones, le observa con una sonrisa tierna, casi paternal, en los labios.
-Mire, joven, comprendo que su situación es apurada; pero no creo que podamos hacer lo que usted nos pide.
-Pero ¿ por qué no? -pregunta con un tono de voz que raya en la histeria.
-Bueno, para empezar, yo no soy veterinario. No sé exactamente qué consecuencias puede tener el láser y, sobre todo, la anestesia en un gato. Además, los felinos poseen un sistema nervioso muy delicado, ¿ sabe usted?
-Me imagino -contesta él con la imagen del destrozo que dejó atrás en su apartamento aún dolorosamente viva en su mente.
-A mi abuela una vez se le ocurrió darle un poco de café a su gato tras una opípara comilona. Así, para ayudarle a digerir. Y no se imagina las consecuencias. Estuvo varios días con los ojos como platos y sin pegar ojo, hiperactivo perdido. Con decirle que casi le hace la competencia a la pobre perrita Laika sin necesidad siquiera de cohete espacial... En definitiva, que aunque me ha caído usted bien y comprendo su problema, me temo que no puedo hacer nada por ayudarle.
Sin embargo, tanto suplicó y tan desesperado parecía, que el doctor accedió finalmente a realizar un experimento: un pequeño paso para el universo felino, pero un paso enorme para la ciencia.
- ¿ Quiere quedarse unos momentos a solas con él por si algo saliese mal? -pregunta señalando al gato sedado que yace sobre una camilla con la lengua rosa colgando entre los dientes.
-No, gracias. Como ya le dije, es sólo un gato callejero.
Al cabo de muchas horas de arduo trabajo, el gato vagabundo estaba peladito y sonrosado como una rata de laboratorio recién nacida. Aunque ni le había dado tiempo a fijarse bien en el minino de su amada, le parecía recordar que incluso tenía una expresión similar.
-Es perfecto. El otro tenía la piel un poco arrugada, pero eso lo arreglo yo metiéndole unas cuantas horas en remojo. Aunque con el carácter que tiene, no me va a ser fácil.
Se equivocaba. Al despertar, el felino mostraba un talante totalmente nuevo, más tímido que dócil, a decir verdad. La pobre criaturita parecía avergonzarse de su aspecto, de modo que intentaba pasar desapercibido permaneciendo enroscado, como para tapar las partes pudendas que tan desconsideradamente alguien había dejado al descubierto.
Cuando sonó el timbre, le dio un vuelco el corazón. Echó un último vistazo al gato y se encomendó a todos los santos antes de abrir.
-¡Qué morena te has puesto! Estás aún más guapa que de costumbre.
-Gracias. Y sobre todo, muchas gracias por haber cuidado de Rex. ¿ Te ha dado muchos problemas?
- ¿ Bromeas? Para nada. Si es un bendito -que Dios le tenga en su Gloria- Míralo. Está perfecto, ¿ eh? Más entrado en carnes que cuando me lo dejaste. Y lo que te ha echado de menos... Mira, mira lo contento que está de verte -dice mientras el apático animal no da ninguna muestra de afecto hacia la total desconocida.
Lo más curioso es que tampoco Beatriz parece deseosa de volver a coger al minino entre sus brazos. ¿ Dónde había quedado la devoción que se desprendía de sus palabras cuando le rogaba emocionada que cuidase de él como si se tratase de su propio hijo?
-Ah, sí. Lo veo muy bien -responde distraídamente, sin dar muestras de haberse percatado del cambio. Lo que tampoco le extraña mucho, pues sólo le ha echado un vistazo desde lejos.
-Lamentablemente, voy a tener que venderlo.
-¡ ¿ Venderlo?! Pero si era la niña de tus ojos, tu tesoro más preciado.
-Sí. Pero es que David me ha regalado un loro y, como tú comprenderás, ambos no podrán vivir juntos.
-Ah, claro -dice con naturalidad-. ¿ David? Y ¿ quién coño es David?
-Es que David es ornitólogo, ¿ sabes? A mis padres les encanta. Es el primer novio que tengo que les gusta. A pesar de lo protectores que son, ni siquiera se opusieron a que me fuese de vacaciones con él a Madagascar. Mi padre y él ya discuten sobre los nombres que pondremos a nuestros hijos.
Está por pedirle que a uno le pongan Misifú en su honor. O mejor aún, Canelo. Pero al final se muerde la lengua.
-Y ¿ qué piensas hacer con el gato? -balbucea al tiempo que se va quedando blanco como el papel.
-Pues he pensado que como hacéis tan buenas migas, podrías quedártelo tú. Ya que te has portado tan bien, te haría un precio de amigo.
Mira por un momento los ojos tristones del felino pelado al que nadie quiere y siente una tibia oleada de solidaridad. Se dice que ambos son dos tipos callejeros y solitarios. Se dice que, en el fondo, puede que ése sea el principio de una hermosa amistad.

 
         
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