Soy peludo, muy peludo, lo que se denomina un oso. Pero resulta que también soy muy caluroso. Y la combinación de estas dos características es incómoda, sobre todo en verano. Por eso, cada año cuando empieza a apretar el calor tengo que tomar medidas drásticas. Durante varios años, utilicé un sistema tan sencillo como coger la afeitadora eléctrica y rasurarme pecho y espalda. El resultado siempre ha sido satisfactorio... los primeros días. Después, empiezan a salir de nuevo los pelitos y pica una barbaridad. Además, mi mujer dice que el pelo sale cada vez más duro y que se pincha cuando me da un abrazo. "Es como abrazar a un puercoespín", se queja.
Yo quiero mucho a mi mujer, y me gusta que me abrace, así que me puse a buscar soluciones. "¿Y qué hago?", le pregunté. "Te podrías depilar con cera, que luego el vello sale más suavecito", me contestó. Dicho y hecho. Después de informarme, fui a un sitio que me recomendaron: la chica que trabajaba allí tenía fama de depilar con mucha delicadeza.
Era mi primera vez, y me daba vergüenza. Entré en el local, me dirigí al mostrador y comencé una conversación con disimulo, para que no me oyeran otras clientas que estaban por allí sentadas leyendo revistas.
—Hola, quería depilarme —musité casi entre dientes.
—¿Se quiere depilar? —respondió con voz atronadora— Muy bien, ¿cuerpo entero?
—Chssssst —intervine casi de inmediato—, no grite, le van a oír.
—No se preocupe, la depilación entre hombres cada vez es más habitual.
—Ah, ¿sí? Bueno, vale... esto... sí, cuerpo entero. Vamos, pecho y espalda, quiero decir.
Pasamos al habitáculo donde iba a tener lugar la operación. “Quítese la camiseta”, me ordenó. Y cuando me la quité, la chica levantó mucho las cejas.
—¿Quiere que le haga la cera ahí?
—Sí.
Era una chica menudita, muy guapa y hablaba con suavidad. Efectivamente, generaba confianza, parecía inofensiva.
—Bueno, el cliente es el que manda —en ese momento no supe interpretar lo que quiso decir con esa frase—. ¿Empezamos por el pecho o por la espalda?
—No sé, es mi primera vez.
—Yo empezaría por la espalda, que duele menos.
—Vale, pues adelante.
Ella cogió la paleta y en cuanto me tocó la espalda, di un respingo.
—¡Coño, quema!
—Sí, claro —me dijo con naturalidad—, es cera derretida, y para eso tiene que estar caliente. ¿Ha dolido mucho?
—Esto... bueno... no, no —le dije haciéndome el valiente—, lo que pasa es que no me lo esperaba, pero vamos, no pasa nada, adelante.
La chica extendió una buena tira de cera por mi espalda, palmeó bien para asegurar que agarraba, separó ligeramente el borde superior de la banda y... ¡pegó un tirón brutal!
—¡Uaaaaaaaaaaah!
Mi bramido debió resonar por todo el vecindario. ¿Qué quiso decir esta pequeña salvaje cuando aseguró que “la espalda duele menos”?
—¿Tanto le ha dolido?
—Bueno, no —me había metido en un buen lío, pero ahora ya había que ir hasta el final, nada de rajarse—, adelante, es que hoy estoy un poco sensible.
Decidí guardar todo el silencio que pude y le dejé hacer. Ella extendía una y otra vez las bandas de cera por mi espalda y después, tirón y tentetieso. Hasta en tres ocasiones tenía que repetir la operación en cada zona.
—Es que no vea usted la cantidad de pelo que tiene —se disculpaba ella—. ¡Y lo agarrado que está!
Yo aguantaba el tipo como podía. Cada tirón era un latigazo, una descarga de dolor infinito. Una y otra vez, y otra más, y así hasta la desesperación. La finura y delicadeza de la chica contrastaban con su bestialidad a la hora de arrancar la cera de mi cuerpo. Yo sentía que lo que me estaba arrancando era la vida. Y cuantos más tirones daba, más admiraba a mi mujer, que se hace la cera sin protestar.
Después de 40 minutos interminables, la espalda estaba lisa y suave como la de un bebé. Pero yo estaba descompuesto, nunca había soportado tanto dolor en mi vida.
—¿Seguimos con la parte del pecho?
No podía echarme atrás.
—Adelante —acepté con voz grave y conteniendo las ganas de llorar.
Lo que vino a continuación fue todavía más brutal y horrible, los tirones más agudos y punzantes, el dolor más insoportable, la desesperación más intensa. Allí estaba yo, con las manos en la cara, ahogando los gemidos de dolor y enjugando los lagrimones que brincaban de mis ojos con cada aguijonazo. Y allí estaba ella, sudando la gota gorda pero sin dejar de arrancarme la vida a pedazos.
—¡Qué barbaridad! —decía— Estoy haciendo más ejercicio de brazos que si me hubiera metido dos horas de remo.
Y así siguió la tortura, durante otros tres cuartos de hora. En total, fue una hora y media, la peor hora y media de mi vida. Acabé abatido en aquella camilla, con los labios temblorosos, empapado en sudor frío y sin poder moverme todavía durante un rato más. Ahora el pecho también estaba liso y suave. Pero tenía todo el cuerpo enrojecido, en carne viva. Notaba los latidos del corazón en cada poro de mi piel.
¿Y después? Bueno, la primera consecuencia fue que mi mujer, cuando volví a casa, me felicitó efusivamente.
—Nunca pensé que de verdad lo fueras a hacer —me repetía una y otra vez entre risas.
—¿Qué te parece tan divertido? —le preguntaba.
—No, nada, es que... —y las carcajadas no le dejaban decir más.
Durante las siguientes siete noches, mi cuerpo brillaba en la oscuridad como una bombilla. Además, poco después se me llenó el cuerpo de granitos, supongo que como forma de protesta ante semejante agresión. Y para terminar, el vello volvió a salir inevitablemente poco tiempo después, como siempre.
Sigo siendo peludo. Un peludo feliz. He vuelto a la maquinilla eléctrica, pero mi mujer ya está empezando a convencerme de las excelencias de la depilación láser. De momento no me atrevo, tengo que superar el trauma que viví aquella mañana de verano. Pero si mi mujer se empeña, quién sabe lo que pasará en un futuro...