TIA HELGA
Si alguna vez he sentido pánico, ese fue el día de mi quince cumpleaños.
Mirándome echada en la tumbona de la terraza, descubrí en mis pantorrillas
Una sombra parduzca que no había apreciado si no ahora mirándolas de perfil.
El pánico creció cuando al remangarme el pantalón hacia las ingles, la cosa empeoraba. Era algo así como un velo de puntillas negras que iban engrosándose a medida que ascendía. E inevitablemente vino a mi cabeza la imagen de tía Helga, con sus bermudas su camiseta de tirantes y como complemento una generosa manta de pelos. Si, pelos, por que a eso no se le podía llamar vello.
Pasaba los meses de verano en su casa de la playa, comiendo el mejor strudel de manzana del mundo y cantando canciones típicas alemanas, de donde ella era. Yo admiraba su energía su desparpajo y generosidad para conmigo, pero desde luego no estaba dispuesta a emularla en lo del vello.
Los días de playa con ella eran como ir acompañada por algo así como un marciano verde, a juzgar por las miradas de la gente a su tupida mata de pelos. Pero a ella, lejos de incomodarla parecía hacerla disfrutar, y estiraba hacía atrás los brazos dejando ver su cuidada melena axilar. Una vez la vi peinárselas en el baño y colocaba mechón a mechón en dos mitades de igual grosor, a modo de cortina (de esas que van recogidas a ambos lados).
Recuerdo pasar verdadera vergüenza al ver como nos observaban, cual monos de feria. Un día, me atreví a preguntarla por que no se depilaba y así poder pasar desapercibida. Me respondió, que si dios hubiera querido que fuéramos sin pelos, nos habría hecho así, -¿Acaso te imaginas un gorila depilado?- me respondió. No quise insistir y todo hubiera quedado así, pero una tarde de vuelta de la playa, donde más que nunca el espectáculo había sido monumental, se sentó a mi lado y todo quedó aclarado.
De pequeña, tía Helga en una celebración típica de su pueblo, en la que encendían hogueras enormes y asaban cerdos enteros que giraban trinchados por un gran palo. Nadie se explica como, pero el caso es que cayó dentro de esa enorme lumbre perdiendo el sentido durante, tan solo unos segundos, el tiempo suficiente de provocarle grandes quemaduras, sobre todo en las extremidades inferiores.
Después de múltiples operaciones, se había sometido a una técnica experimental y pionera por entonces de trasplante de tejidos, que fue todo un éxito. No hay mas que decir que su vello volvió a crecer y ¡de que manera!
De ahí su miedo a ceras calientes y depilatorios en general, temía volver a quedarse desnuda y despellejada.
Ahora veinte años después, tía Helga luce una aterciopelada piel libre de vello gracias a un invento –digno de algún dios- como dice ella, llamado láser.