UN TÍO DE PELO EN PECHO
Por lo visto, cuando era bebé, a mamá le daba vergüenza mostrarme a la gente.
–Tu hermano Melo sí que era un muñeco –me confesó no ha mucho mientras me cepillaba el pelo–. Daba gusto enseñárselo a todos: tan rubito, tan mofletudo, y con aquellos ojazos azules que parecía que te iban a comer. En cambio tú, hijo mío...
De hecho, cuando había visita y ésta quería conocer al recién nacido, mamá, papá o mi hermano siempre contestaban que estaba durmiendo y, si apenas salía de casa (y siempre embozado como un delincuente) se debía única y exclusivamente a una supuesta debilidad inmunológica que aconsejaba mantenerme a resguardo de los gérmenes del exterior. Es más, según cuentan en casa mi aspecto por aquel entonces resultaba tan turbador que hasta don Ignacio, que sólo dispensaba el primero de los sacramentos al abrigo de la sacrosanta pila bautismal de la parroquia, accedió a bautizarme a domicilio en el mismo instante en que mamá le mostró una foto mía que, dicho sea de paso, no se conserva.
Y no es que fuese feo de cara o deforme. Al contrario; en mi familia solemos tener buen tipo y tiramos más bien a guapos. El problema (y tampoco es para tanto) es que, desde que asomé al mundo, padezco un tan singularísimo como inocuo desarreglo hormonal que provoca que el pelo me crezca a un ritmo tal que, dependiendo de la zona en cuestión, puede llegar a medrar hasta dos centímetros diarios. Y claro: eso es mucho pelo de Dios…
Con el de la cabeza nunca hubo mayores problemas: mamá me lo rapaba al uno cada dos días y, si el trabajo no se lo permitía, esperaba al fin de semana. Entre tanto, en vez de andarme a peinar a cada momento, optaba por fijármelo con cantidades industriales de laca o gomina extra fuertes, en buena medida también porque albergaba la secreta esperanza de que el uso continuado de tan agresivos cosméticos terminase por quemarme el pelo de raíz.
Pero el de la cara y el resto del cuerpo ya era otro cantar. A pesar de que, según me contaron, a los dos meses de vida yo ya lucía una barba más que meritoria, no había nadie en casa con agallas suficientes para enjabonarme la cara y pasarme la maquinilla. Y claro. Aquello me confería un aspecto de Hemingway en miniatura que sólo alguien literariamente versado valoraría en su justa medida.
Con el paso de los meses, no obstante, mis padres se vieron obligados a afrontar ciertas sesiones de socialización que hasta entonces habían evitado, pues algunos vecinos habían empezado a extender el rumor de que aquella desmedida afición mía a dormir todo el día no era sino un subterfugio para ocultar la verdadera realidad: que yo era portador de una contagiosísima enfermedad infantil que, a poco que se propagase, dejaría el barrio huérfano de niños. Así pues, ante el cariz que estaba tomando la situación, mis progenitores decidieron elaborar un ajustado calendario de visitas para ir presentándome progresivamente en sociedad, empezando por los familiares más cercanos, siempre más generosos a la hora de valorar el aspecto del nuevo miembro del clan, aunque sólo sea por el vínculo sanguíneo que comparten con él.
Me consta, por las amargas quejas de mi hermano mayor, que los comienzos fueron duros. Varias horas antes de que llegase la visita programada (a la que, previamente, se le había rogado puntualidad real), se organizaba en casa un zafarrancho depilatorio en el que mamá me arreglaba el pelo, papá me afeitaba con precisión de cirujano y Melo me aplicaba cera fría sobre vello de piernas y brazos, todo ello en medio de un mar de llantos por mi parte que no hacía sino dificultar la tarea y aumentar el nerviosismo general. Por lo que sé (y de esto sí que queda alguna foto que así lo atestigua) el resultado final era bastante satisfactorio, pero tan perecedero que, en ocasiones, había que echar literalmente a la visita de casa antes de que se percatase de que las sombras que empezaban a proyectarse en mi tez nada tenían que ver con la luz de las lámparas.
Dada la caducidad en los resultados, el consejo familiar optó entonces por celebrar presentaciones más numerosas, sobre todo con vecinos y amigos, con objeto de maximizar el rendimiento de los zafarranchos depilatorios y minimizar el sufrimiento que éstos me ocasionaban. Gracias a esta estrategia, en pocos meses, los rumores sobre mi supuesta enfermedad cayeron definitivamente en el olvido y el barrio se tranquilizó, pero a cambio de que mi familia quedase al borde colapso nervioso y el presupuesto familiar tiritando ante el oneroso gasto en bandas y cremas depilatorias, decolorantes, exfoliantes, retardadores del crecimiento y otros cosméticos similares que era preciso adquirir casi a diario para mantener mi pelo a raya.
Así hasta que cumplí un año. Porque, esa noche, cuando se fueron todas las visitas, mi madre ya no pudo soportar verme con los ojos enrojecidos de tanto llorar y resolvió que, de allí en adelante, todos me querrían tal como era. Papá, por lo visto, no dijo ni esta boca es mía. En cuanto a Melo, que aún no tenía edad para oponerse pero que siempre ha sido muy previsor, le fue inmediatamente concedida una subvención familiar para que pudiese matricularse en un gimnasio de artes marciales.
Sin embargo no fue necesario que mi hermano se emplease tan a fondo como se preveía. Cierto es que, cuando ingresé en el colegio, sobre todo al principio, tuvo alguna que otra semana extra de vacaciones por haberle saltado los dientes a tres o cuatro alumnos de último curso a los que había sorprendido llamándome Magila Gorila. No obstante, a medida que la gracia pasaba de moda, la patada lateral de Melo entraba en la leyenda escolar, y yo no mostraba el más leve síntoma de sentirme ofendido, el mote en cuestión cayó en desuso y fue reemplazado por un neutro apelativo de “peludo”, que ni siquiera mi hermano consideraba digno de uno de sus fogonazos legendarios.
Ahora, ocho años después de aquel primer contacto con la escuela, soy el tío más feliz del mundo. Tengo el mejor expediente académico de la historia del colegio (la Naturaleza no sólo me dio pelo) y gano un pastón como maniquí de la escuela de peluquería de Llongueras y probador oficial de nuevos productos de Corporación Capilar. Además, mientras aquellos de mis compañeros que aún me compadecen siguen fantaseando con “tocar pelo” por primera vez, yo ya hace más de un año que me estrené. Y es que, aunque mi cara pincha y desnudo parezco un oso de peluche, para según que cosas, las chavalas prefieren confiarse a un tío de pelo en pecho.