Llegó el día que tenía reservado para mi primera depilación láser, recuerdo que el negocio se llamaba Depilité, o algo así. Me fui hacia el centro de la ciudad, a un edificio lleno de consultorios médicos. Esperé unos treinta minutos a que me dejaran pasar con una enfermera con cara de zombie, que me dijo muy secamente que me acostara y que me levantara el pantalón, para ponerme el láser en las piernas. Generalmente, en esos casos, acostumbro “desarmar” a los zombies como ella con preguntas como ¿Por qué te veo molesta?”, una de las sabias lecciones del libro La Profecía Celestina, pero tenía mucho sueño y no me tomé la molestia. Hice lo que me pidió, y acto seguido me puse una especie de protector para los ojos. No estaba preparada para lo que siguió: sentí un piquetazo. Y otro. Y otro. Con cada uno sentía escalofríos hasta la espina dorsal, y grité:
—¿Qué es eso? ¿Por qué me duele tanto?
—Esta carga de joules es la más eficiente para tu caso, tienes los pelos muy gruesos.
—Pero, ¿no tienes xilocaína, u otro analgésico? ¿Qué tengo que hacer, para que no me duela?
De mala gana, la zombie bajó la carga de joules, no sin antes advertir:
—Quién sabe si con estos joules logres un buen resultado.
Ella bajó la carga de esa cosa, y ya pudimos continuar sin gritos groseros de mi parte.
Al cabo de una hora sentía las piernas hinchadas, la presión baja, tenía taquicardia. La tortura terminó, así que salí de ahí como alma que lleva el diablo, y me dirigí a un cibercafé, para checar mi correo, mi Facebook. Ese cibercafé me gustaba porque tenía cubículos privados, ceniceros, venta de snacks. Era ideal para mí. Pero antes de entrar me fui a una farmacia porque recordé que la crema Lubriderm siempre está fresquecita, y me había ayudado mucho cuando tenía la piel reseca. Además era recomendada por los médicos, y estaba fresca, ¡qué importaba lo demás! Me compré un bote grande. Llegué a los cubículos con Lubriderm, una bebida gaseosa y cigarros. Me acomodé en la cómoda silla giratoria, fumé y tomé. Vi unos mails, respondí unos de ellos, de repente vi que la Lubriderm me coqueteaba y no me resistí: acomodé las piernas en la mesa donde estaba la computadora, me levanté el pantalón y me puse la crema en las extremidades... ¡qué rico! Justo lo que necesitaba. Y sí, estaba muy, muy fresca. Con la mano izquierda me untaba ese elíxir de los dioses y con la derecha movía el ratón. Pasaron los minutos, y me sentía tan bien que me quité el pantalón, para que la crema llegara hasta mis caderas, mi ombligo... era adictivo. Pasaron más minutos y me quité mi bolero color lila, para quedar en blusa de tirantes. Pasé la crema por mis manos, mis brazos... ¡mmm! Mi escote... ¡mmm y más mmm!
Luego de dos horas acomodé todo como estaba, salí del cubículo. Al llegar al mostrador, noté en el techo varias pantallas de circuito cerrado: vi el cubículo que recién había ocupado, con un cigarro todavía consumiéndose en el cenicero, ¡no me acordaba que había cámaras en todo el cibercafé! El joven cajero me dio mi cambio y me cerró un ojo.
FIN