VELLOS ELLOS ENTRE LOS BELLOS PERO MAS BELLOS... - SANTIAGO DE LA IRA(noisy)

vELLOS ELLOS ENTRE LOS bELLOS
pero mas bellos ellos
con vellos
 
 
Hasta entonces el mejor método encontrado por sus contemporáneos para atajar la caída del cabello era el suelo y mirando fijamente el suelo iba caminando Marulo Albino.
 
Todo había comenzado dos o tres años atrás cuando su herencia genética vino a invitarse en las alturas de su cráneo para sostenerle que él pertenecía a la especie Homo Calvus (o Calvitus) tan respetada en la Roma antigua por razones filosóficas, y tan despreciada en el mundo actual por razones medicas.
 
Y a decir verdad con la caída lenta pero sistemática de su pelo, hoy tenía más frente que la catedral de Almudena y el Palacio Real reunidos. Sus entradas parietales demarcadas por una piel lisa, esas entradas eran mayores que las entradas que podía vender el Museo del Prado ¡en un año!
 
Un hombre como él de una contextura física deliciosa - según los decires de algunas ingratas amigas que ya no le frecuentaban más - se veía confrontado hoy a las peores burlas y a los más viles comentarios.
 
Aún guardaba en la memoria aquella tarde en el parque de atracciones de Madrid donde desde uno de los puestos de información a los turistas, la recepcionista indicaba a todos que la montaña rusa se encontraba:
 
- Allá en el fondo.
- ¿Pero dónde, señorita?
- Allá, a la izquierda del calvo. ¡Joder!
 
Seguía dándole vueltas al barrio Salamanca cuando atravesó la calle sin poner gran atención a los semáforos peatonales, sumido como se hallaba por la nostalgia hacia épocas de cabellera pulposa, hasta el claxonazo de un coche y una mujer que le gritaba furiosa por la ventanilla:
 
- ¡Súbete a la acera, calvo hijo de la Gran P…!
 
Entre el desorden de sus recuerdos encontró a Pelambres, su fiel amigo de infancia, peluquero de un renombre actual inmenso gracias a las estrellas de la farándula que depositaban sus costosas cabelleras entre las manos fantasiosas y hábiles del artista.
 
¿Peluquero…? No, Estilista, señores, ¡Estilista! Y fiel amigo… Bueno, eso tampoco porque cuando empezó a verle desentejado no le dirigió más la palabra. Ni la palabra, ni la peinilla, ni las tijeras, ni nada.
 
Para levantarse el ánimo compró un helado en el parque El Retiro antes que una paloma viniese a cagársele sobre la calva. Con la servilleta se limpió no sin antes maldecir al maldito pajarraco y proseguir rememorando nombres tan célebres como Mahatma Gandhi, los actores Bruce Willis o Sean Connery, el tenista André Agassi, el Papa Juan XXIII, el futbolista Zinedine Zidane, John Malkovich, en fin tanto pelón que protagonizó o continuaba a escribir con letras doradas la historia de la humanidad.
 
Pero sincerándose sabía que sus cualidades físicas no alcanzarían jamás esferas tan altas, así poseyese un cuerpo agradable, y con respecto a sus alcances filosóficos o religiosos su verdadera estatura se ajustaba más bien a la del ciudadano medio.
 
Sentándose en una banca sintió unas ganas terribles de llorar. Sin embargo la exquisita rubia de mirada cristalina que se le tenía al lado se lo impidió con un delicado movimiento de sus generosos y maduros senos ocurrido al pasar otra página de la revista que la jovencita leía en ese momento.
 
Sabía por experiencia añeja que fácil le hubiese sido entablar una conversación… y hasta convidarla a beber una copa, y de pronto, tal vez… Pero… pero su calvicie se lo impedía por lo que sacó del bolsillo de su chaqueta un rollo de papel higiénico sobándose furioso varias hojas sobre el cráneo como se lo había aconsejado un muy buen colega suyo.
 
La chica un poco intrigada le preguntó:
 
- ¿A que viene eso, caballero?
- Consejo de abuela. - le afirmó sin que tales referencias le hicieran por lo tanto crecer sus añorados cabellos.
- Tengo complejo de calvo, ¿sabe usted? – Terminó por confesarle.
 
A lo que la chica le respondió:
 
- De complejos, nada, hombre. ¡Usted es pelón y San se acabo! – y sin más se levantó yéndose por la arboleda con caminadito desdeñoso.
 
Ahí fue entonces donde se puso a berrear igual que un mocoso hasta quedarse dormido en una tristeza desgarradora, una de esas sin límites.
 
Desde lo alto las nubes cruzaban ante los resplandores indiferentes de la luna cuando un sobresalto angustiado le posó de nuevo entre los vivos. Marulo se refregó la nuca indispuesto por la mala posición tomada durante su aletargamiento y constató que una pesada navaja de esas de afeitar le colgaba de la mano.
 
El silencio era apenas rotó por el canto crispado de los grillos, un silencio de muerte… Levantándose y convencido que el universo entero le escuchaba, empuñó amenazador la navaja y preguntó con solemnidad a la luna:
 
- “¿To be or not to be? That is the question.”
 ¿…?
- ¡Yes ! ¿To be bald man or not to be bald man?
 ¿…?
 
Y dándose cuenta que los cielos no hablaban inglés, modificó su reflexión que ahora se dirigía a sí mismo.
 
- ¿Ser calvo… calvo del todo, o no serlo? Esa es la pregunta.
 
Aún más inspirado añadió interrogando a los gruesos robles que le rodeaban:
 
- “Saber si es más noble para el alma soportar la caspa, los piojos o la alopecia impuesta por la indignante fortuna… o tomar las armas contra toda esta mar de adversidades pilosas y oponiéndose a ellas terminar…”
 
Al pronunciar la palabra “oponiéndose” el cielo pareció entonces abrirse filtrando una lucecita láser que se le plantó entre los pies para que la siguiese.
 
Al llegar a la calle Velásquez guiado por aquel rayito rojo, una emoción le invadió la cabeza al descubrir la fachada reluciente de una clínica donde un grupo de hombres expertos y enfermeras simpatiquísimas parecían aguardarle delante.
 
En medio de ellos, envuelta por una neblina esponjosa, se alzó la imagen divina de Microinjerto, el Mesías tanto esperado por los que padecen la maldita desertificación capilar.
 
Y se hubiera arrodillado de devoción si una voz celeste no lo hubiese atajado de golpe invitándole a entrar en una de las 27 cabinas ultramodernas de tecnología que poseía aquel templo, refugio y solución de tanto, de tanto calvo desesperado en este “valle de lágrimas” que es la tierra nuestra.
 
Lo que sucedió después no tiene nombre, o quizás sí. Detrás de la reluciente cabellera con la que salió Marulo Albino de allí, sus negocios (¡y de los buenos!) aumentaron de manera vertiginosa, los amigos le llovían, las invitaciones ¡ni se diga! Como aquella al palacio de la Zarzuela donde todos los periodistas y fotógrafos se preguntaban intrigados sobre la misteriosa identidad del medio pelón que se hallaba al lado de Marulo y que luego se supo no era otro que el rey don Juan Carlos Alfonso Víctor Maria de Borbón y Borbón.
 
Dicen las malas lenguas que la última vez que le vieron en Ibiza, Marulo corría desesperado hacia su Ferrari Testarossa Spyder 1986 acosado por un mujerío que le perseguía con la esperanza de poseer aunque fuese uno solo de sus cabellos.
 
Pero vaya usted a saber si aquello es cierto… o si es una sencilla, una simple tomadura de pelo.
 
 
fin

 
         
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