Mis recuerdos sobre la depilación pasan por las huidas en las tardes de verano cuando mi hermana anunciaba:
- Esta tarde voy a depilarme las piernas.
Porque era imposible permanecer en la casa mientras ella se afanaba en tan higiénico menester. El insoportable aroma del producto utilizado, Agua Taky creo recordar que se llamaba, nos hacía suponer a mí y a mi otro hermano que los pelos se morían, literalmente, de asco.
Luego, las circunstancias de mi trabajo me llevaron a tener por vecino a un famoso local denominado "Salón Paquita", donde acudían señoras de la más variopinta extracción social a liberar piernas, axilas y reductos más íntimos, de antiestéticas vellosidades.
El olor a cera caliente se extendía por la estrecha calle del casco antiguo donde se ubicaba el local y, dicen, que, en ocasiones, se escuchaban lastimeros gritos de las sometidas, cual entregadas masoquistas, a las manipulaciones de Doña Paquita, Ama Dominatrix donde las hubiese.
Hoy en día, con toda probabilidad, los metodos para la erradicación de los afeantes pelos habrán evolucionado hacia sofisticadas técnicas, láseres indoloros, geles perfumados y otras maravillas, pero yo no podré olvidar jamás el nauseabundo olor del Agua Taky y los grititos provenientes del Salón Paquita, el primer local sado-maso de mi ciudad.