JUVENTUD: DIVINOS PELOS
Jorge Luis Borges, conocido escritor argentino, decía que Dios era “la máxima creación de la literatura fantástica”.
Parafraseando al gran maestro, me atrevo a decir que “la Depilación es la máxima creación del embellecimiento femenino”. Para lograrlo, debes padecerlo.
Si quieres estar permanentemente bella e impecable, tu cuota de sufrimiento, tienes que pagar. Luego de este trance, una vez finalizado el ritual de sacrificio ante el empaste caliente, ofrecido a no sé que dioses, sientes como una bendición celestial que te reconforta. Nuestros Divinos Pelos quedan adheridos como púas a esa pátina espesa, elástica y seca, que con un tirón y golpe de palma restallante, se desprende sin fisuras. Es el momento crucial. Debemos soportar el placer que le causa a quien realiza el rito y morbosamente, a contraluz, contempla la tira de cera entre sus dedos, como un triunfo. Triunfales nos sentimos nosotras mismas cuando, poco a poco, superamos las partes más sensibles e incómodas a depilar. Pobre de aquella que se somete en una sola sesión, para recuperar su belleza, a tirones y palmadas para quitar una tira de glúteos, más abajo una tira de “cola”, si subes un poco, otra de espalda. Ya convertida en contorsionista china, totalmente entregada, resistirá a la pelvis completa, panza, pecho y pezones. Hay quienes en “pelvis” piden les dejen la forma de un corazón o un rombo con puntas de diamante para “ocasiones especiales”. ¡Es una genialidad de ambas partes! La innegable precisión que requiere quien realice tal tarea y el “éxito” seguro de quien lo solicita.
Piernas, cavado y axilas, la tarea más común, es un juego de niños para el profesional experimentado. Si de brazos se trata, en total rigidez, nos dejan como perfectas estatuas vivientes hasta lograr el punto justo de secado.
¿Algo más por hacer? ¡Basta ya! ¿Rostro completo, quién lo sufre? En mí, bozo y cejas, por suerte, es lo único experimentado. A La Mujer Barbuda, representada por el gran pintor español José de Ribera, no me tocó parecerme. Éste es un verdadero caso de virilización e hirsutismo producido por un cambio en el metabolismo a los treinta y siete años de alguien, que se transformó en una mujer de aspecto masculino. ¡Qué dilema psicológico! Al mirarse cada mañana en el espejo, su rostro tendría una expresión de espanto, bigotes al ras del labio y la barba crecida hasta la naciente de los senos. Sus manos robustas y velludas. Se dice que este tipo de mujeres, de cejas, bigotes, patilla y barba, tanto en el Renacimiento como en épocas más cercanas, en algún momento fue rentable en manos de inescrupulosos empresarios artísticos. A la mujer barbuda del circo, se la mostraba a cambio de dinero, como caso extremo y raro de hirsutismo.
Toda la culpa la tiene el alud hormonal que nos identifica con la mujer mono, barbuda o las Afroditas de Rubens, sin perceptibles vellos. ¿Éstos realmente eran tan sedosos o Pieter Paul mismo, se encargaba de quitárselos? Sus musas eran tan blancas, tan níveas, que podía resaltar el modelado de las carnes desnudas y las venas en sus obras, con un estilo sensual y exuberante, pero jamás les dio una pincelada tenue de pelos en piernas y brazos.
¿A La Maja Desnuda de Goya, quién la depiló?
El tema tabú del pelo en la mujer ha llegado a tal extremo que hoy es repugnante que tenga zonas pilosas. No obstante, muchos hombres, sienten una atracción irresistible por mujeres que ostenten abundante vello allí, donde se los puso Dios.
A lo largo de la historia existieron distintos métodos de depilación. Nuestras abuelas, llegaron a quemarlos con un hisopo embebido en alcohol. Se pasaba al ras de piernas y/o brazos rápidamente. Sólo ellas, como hoy nosotras, sabían a qué se estaban exponiendo. Otro método utilizado por mujeres de pieles blancas y transparentes, era frotarse con miel, zumo de limón y azúcar, hasta tanto sintieran el vello suave y debilitado. Además de los líquidos y cremas depilatorias con aromas nauseabundos, todos métodos de aplicación caseros, existió la manopla de esmeril. Eran dos pequeñas lijas suaves, redondas, prendidas en sus costados, donde se introducía una mano, la más diestra y hábil, que con fricciones concéntricas, luego de varios minutos, lograba el resultado deseado: desprender el vello, envuelto en un polvo blanquecino. Si se gastaba de un lado, usabas el otro, usados los dos, se descartaba. ¡Pánax!, ése era su nombre. Sólo dos manoplas venían por caja, de un color rojizo. Sé de casos, que esta cantidad resultó insuficiente.
Debemos agradecer a las nuevas tecnologías la eficiencia de sus métodos. Lo que no cambia es nuestra actitud masoquista, de entrega total.
¡Cuanto más joven, más peludas somos! De eso estoy convencida. Con tantos años de flagelación, perdón, digo depilación, los pelos se van debilitando y ya no son tan vigorosos pero sí más ralos.
A las jóvenes que se sienten esclavas del depilado periódico para su embellecimiento, me resta decirles: -“Más adelante lo extrañarás”. El vello es una cuestión de edad y furia hormonal. En nuestros días, es asunto de hombres también. Ellos tan coquetos, tan metrosexuales, nos imitan. Llegaron estas nuevas generaciones para experimentar el nuevo sistema láser y padecerlo por una sola vez. No es fácil, hay que superarlo en largas sesiones de superficies reducidas. Yo, les cedo mi lugar.
Si la Juventud, es un divino tesoro, ¡es una fuente de divinos pelos!