JARDÍN PERSONAL
Mis depilaciones siempre fueron bastante chapucillas y desganadas; tenía por costumbre retardar al máximo el momento del rasurado y, cuando tocaba, le dedicaba el tiempo justito, el que a mí me valía para considerar que mis piernas, inglés y axilas eran aptas para la exhibición. Esta consideración se iba siempre a la mierda al llegar a la playa, por ejemplo, donde la cruel luz solar me hacía ver como con lupa los pelillos que no se habían caído con el trasquilado.
A día de hoy sigue sin gustarme el aparato eléctrico, pero le tengo más cariño; ya no me supone la pesadilla de antes el ir a por el estuche donde duerme la mayor parte del año. Este paso del odio al cariño se debe a que me gusta ver mis piernas sin que parezcan la piel de un pollo mal desplumado, y todo por aquel día en el que tuve una visión de la parte inferior de mi cuerpo que me dejó tan alucinada que aún sigue grabada en mi cabeza; ya hace cuatro años de ella y continúa bien fresquita. Era una época en la que andaba yo bastante dejada, no es que antes me preocupase mucho de mi aspecto, pero en esos meses menos que nunca; estaba en exámenes, plenamente dedicada al estudio y sin más preocupación en mi cabeza que distribuir bien las horas para rendir lo máximo posible. Mi novio, Lucerillo, viéndome con el pijama como mi segunda piel, con pelos desastrosos, inicios de bigote, y algo asustado de la pelambrera que tenía por todas partes, me sugirió amablemente que me arreglase un poquito y, sobre todo, que le diese más utilidad a la máquina para depilar que me había regalado. Ya desde que empezamos a salir vio que yo no era muy amiga de la rasuración, pero de ahí a llevar tres meses dejando crecer mi pequeño jardín personal, pues como que no. Yo no le prestaba atención a sus comentarios y los dejaba pasar. Sólo necesitaba defenderme cuando mis piernas peludas eran las protagonistas en las conversaciones con amigos con los que quedábamos cualquier sábado, mi día de descanso mental. Un amigo en particular, al que quiero mucho, no entendía cómo Lucerillo podía resignarse a mi dejadez.
-¿Nunca le pides que se rasure?
-Sí, pero como quien oye llover.
-¿Y te gusta? –preguntaba con cara de repugnancia.
-No, claro que no, pero qué puedo hacer, como no se lo haga yo…
-Pues yo eso sí que no, si ya es cuestión de higiene.
A mí que charlasen de sus gustos, de su idea de lo femenino y de lo que soportaban y no, me daba igual y tan tranquila seguía con mis lecturas o conversaciones paralelas, pero en cuanto se tocaba lo de la higiene saltaba como una leona.
-Oye, que yo no me depilo pero tú tampoco.
-No es lo mismo –decía todo convencido.
-En estética y por costumbre, no, pero si es una guarrada para mí también lo es para ti, que mis pelos no llevan mierda incrustada, como supongo que los tuyos tampoco.
Nuestro amigo movía la cabeza de un lado a otro porque no, él no lo soportaría. Miraba a su novia de refilón y le decía risueño que necesitaba que se depilase, le resultaría demasiado desagradable verla desnuda y llena de pelos. En nuestro caso, mi dejadez no afectaba en nada a nuestra vida sexual; Lucerillo es fogoso y tiene una república independiente que está siempre activa, da igual lo cansado que esté el resto de su cuerpo, puede estar tumbado en cama sin ser capaz de mover ni un dedo y casi medio dormido que su república está de celebración y yo a divertirme con ella. Teníamos, como ahora, encuentros en el salón, en la cocina o donde cuadrase; fuera pijama y viva el cuerpo desnudo, bueno, casi desnudo porque llegó un punto en que, de tanto que me vacilaban, especialmente Lucerillo, empezaba a darme no sé qué que viese mis pelillos por lo que no me sacaba los calcetines de futbolista, salvo al ir a dormir, como el día de la visión terrorífica: estaba lavándome los dientes, algo que hago casi en exceso, en el cuarto de baño y tan tranquila, cuando se me acerca Lucerillo por atrás; vi su cara reflejada en el espejo y en ella una sonrisa picarona que me hizo sonreír, se pegó a mí y apoyó su cabeza en mi hombro, luego me dio besos por el cuello y empezó a retozar un poquito; me agarró por la cintura y se frotó a mi culo; lentamente bajó mi adorado pantalón del pijama y la braga que, para que no haya malentendidos por tanto hablar de mi dejadez, me cambiaba todos los días. No sé ni cómo ya se había bajado el pantalón y el calzoncillo lo que me hizo notar el calor del platanito juguetón que crece como la nariz de Pinocho y engorda como una morcilla; me agaché para enjuagarme la boca y zas, ya estaba dentro y, joder, qué placer. Seguí limpiándome la pasta de dientes y secándome igualmente inclinada. Con sus pies me sacó el pijama y la braga que tenía a la altura de los tobillos; en ese momento no llevaba calcetines y, como si fuese la primera vez que viese esas piernas, mis piernas, me quedé pasmada; por supuesto sabía cómo estaban de peludas, pero no llegaba a ser realmente consciente de su apariencia y en ese instante sí lo fui, no las reconocía como mías, parecían las de un hombre, peludas, muy peludas, pelos largos y por todas partes, fue alucinante. Había estado tan centrada en otras cosas que no me quedaba sitio en la cabeza para fijarme en mi imagen. Empecé a reírme; Lucerillo, empuja que te empuja, se descentró y se rió también preguntando qué me pasaba.
-Tienes razón -le dije-, qué espanto lo que estoy viendo, parezco un tío.
-Pues a ver si te animas a utilizar esa joyita eléctrica que te compré, que va a coger telarañas.
-Mañana mismo –respondí plenamente convencida.
Me seguí riendo y fui incapaz de retomar el tema, no podía dejar de mirarme asustada. Lucerillo, sí, tenía los depósitos a tope y necesitaba descargarlos, por cuestiones de salud, dice siempre, que no puede ser bueno que estén a reventar.
Así, entre sexo, risas y conciencia de mi persona fue como le perdí en gran parte la desgana a la depilación, que sigue sin ser una fiesta, pero antes que llegar a aquel punto me rasuraría los pelos con soplete.