LOS BELLOS VELLOS DE ISABEL
Autor: Nelson Torres Muñoz.
Ahhh…Isabel, tremendo monumento, una escultura de rosada carne torneada y puesta al sol. Así era cuando la vi por primera vez y quedé con la mandíbula falsa. Era como esos perniles de cordero que salen dorados y humeantes del horno. Morenita, ojos claros y carnuda, más encima. De inmediato noté que le abundaba el vello en la región sobre el labio superior, nunca tan negro, aunque abundante y, mucho después, cuando empecé a gozar de sus bondades, duros como virutillas.
Íbamos a todos lados, en principio, como amigos, muy queridos y nada más. Ya, cuando había más confianza me permitía tirarle sus bromas.
- Bonitas piernas…y si así es la vía férrea, ¿cómo será estación?
- Mejor ni te cuento, como una jungla, espesa y tupida.
Y se reía por un buen rato.
- Sabes que tu vellosidad tiene solución, digamos, por lo que sé, al menos parcial?
- Nunca me preocupé de eso.
- Pero, te molestarían, supongo, en el colegio.
- Sí, pero nunca me importó mucho.
- Te cuento algo?
- Bueno.
- Con mis amigos del barrio, pailones grandes ya y muy peludos, hacíamos cada tontera. Una de esas fue apostar, por un partido de fútbol y el que perdía debía cortarse el pelo al rape. Pero yo, como había visto a mis hermanas enmantecándose de cera propuse una pena peor: depilarse los pelos del trasero.
- Miren las ocurrencias, acotó Isabel.
- El problema fue que perdí la apuesta y tuve que yo depilarme el culo.
- Ji,ji,ji.
- Seguí los pasos, tal y como lo había visto con mis hermanas. Puse la lámina de cera derretida, dejé enfriar y zaz le mandé el tirón, llegué a ver estrellas. Mi poto quedó lisito, como la palma de la mano.
- Ji, ji, ji.. Hubieras usado afeitadora.
- No, es que la apuesta era así. No me digas que tú usas rasuradora.
- Nunca nadie me dio consejo alguno, crecí prácticamente sola, como sabes.
- Te lo digo, porque el vello viene después duro, negro y más fuerte.
- Conmigo, ni con un tambor de cera acaban de ponerme la piel de guagua, ji,ji,ji
- Sabes que a una tía mía, le decíamos la Guaco, aparte de rugosa, tenía una maraña de pelos en las patillas. Era una tupición de vellos largos, claros y poco visibles, al menos a la distancia. Igual la anciana se afligía, parecía un gnomo, un troll, pero, mujer al fin, sentía menoscada su feminidad ante tal vellosidad frondosa. Sin pedir consejos ni consultar a nadie, se compró una maquinita de afeitar y se dejó las mejillas como piel de rata recién nacida. La vieja quedó flotando entre nubes, se pintó el cabello, se embetunó de rouge, rimel y todas esas pastas que se ponen las mujeres para restaurar la fachada. Casi quedó de veinte. Hasta pretendientes le salieron. No faltó el que llegó a su balcón con una serenata y con eso la tía Guaco ya no quería más. Había recuperado, con sólo restaurarse las patillas, los dorados y frenéticos años de su juventud. Pero, lamentablemente vino el pelo de nuevo, más potente y más negro. Era como un soldado de la independencia, recio y gallardo, sólo que bajo los refajos de una mujer.
La Isabel no dejaba de reír. Me encantaba su risa, toda ella me encandilaba y lo de los vellos no eran para mí sino un aditivo de su encanto. Aunque, hilando fino, reflexionaba que le haría bien un tratamiento, pero no ese casero, ordinario, en el que el “afectado” sigue las instrucciones de un folleto y se autosomete a sesiones de tortura depilatoria bajo estrictos redimes de películas de cera caliente. Ni pastillas, ni masajes ni recetas de machis que después lo hacen a uno ir corriendo al retrete y con el poto bien apretado, sujetando los fluidos y los “gases”. No, debía haber una Clínica de la Depilación o algo por el estilo. Y el dato llegó a través de una de mis antiguas compañeras de liceo. A Isabel no le gustó en principio la idea. Extrañamente, ella se quería tal y como Diosito la trajo a este valle de lágrimas.
De tanto, convencí a Isabel para que pida ayuda por su problema y fuimos al Centro de Asistencia de Alta Tecnología para la Vellosidad, incluso en los Lugares Más Recónditos. De alta tecnología, bien poco, era un local más bien ordenado, con una excelente organización y una que otra maquinita, más bien de aquellas que impresionan y le dan el toque al sistema. Tal y como en una playa nudista, ahí todos con el culo y las presas al aire, en una sala de espera. Salía una asistente, también en cueros y depilada, llamaba en voz alta e ingresaba un “paciente” con su carga de pelos a la rastra. Salía como potito de monja, blanqueando todo, incluso los cachetes del culo. Picante sería este lugar, pero tenían todo por secciones. Un sector para los velludos de cara, hombres y mujeres, de axila, de piernas, de trasero, de espalda y de vagina y aparato vapuleador masculino.
A mí me tocó una tremenda mujer, rusa creo que era, y se ensañó con mi aparato gozador. Le hizo a la Isabel una especie de demostración de cómo usar una maquinita extraña que se deslizaba por el escroto y pubis y que, se suponía, con el tiempo iba debilitando el pelo. Y me agarraba el pájaro y lo zarandeaba para acá y para allá, mientras le explicaba a la Isabel; con tanto refriegue y fricciones, éste empezó a poner la cabezota gorda y lo que se encontraba en principio amuñado y despreciable adquirió unos niveles de dureza, engordamiento y gallardía que ya se la quisiera el más avispado de la realeza.
Sabe una cosa, señorita –le dije. Creo que voy a venir más seguido a sus demostraciones. Me da un besito y me voy por un tubo.
Ni se enojó siquiera y es que todo era muy natural. Uno pasaba por un corredor y, como en las maternidades la hilera de guaguas, acá, una larga fila de culos parados y un pailón con una máquina de agudo sonido recorriendo uno a uno los cachetes, debilitando los pelos, claro. A veces se detenía y ponía mayor énfasis en uno y apretaba más fuerte el gatillo de la máquina, salía luego haciéndose aire en las narices con las manos, porque el propietario del culo, claro, no era de fierro y a veces debía expeler ventosidades por el ano y la fetidez invadía el recinto. Yo transitaba una a una las secciones conteniendo la risa, afuera voy a soltar todo y me voy a reír un año, pensaba.
Tenía curiosidad por conocer el ala del recinto en que se albergaban las mujeres. Iba cruzando ya el umbral y alguien me jaló de los suspensores y retrocedí tirado por el elástico que alcanzó a sonar como cuando la clavija sube el tono de la cuerda de la guitarra.
- Ejaleeeee, ¿a dónde cree que va el muñeco?
- A ver vagi…o sea, ando echando una miradita.
- No, no, no, acá no. Sólo funcionarios.
- En realidad, me perdí, buscaba a mi amiga. Estábamos en la guardia, la examinaron y nos perdimos.
- Entonces, depende de su diagnóstico, ya pasó al especialista. Pero tampoco puede pasar. Espere ahí.
Recorrí un largo corredor, di con una puerta y entré. Era una especie de vestidor de los funcionarios. Había uniformes de mujer, espejo, y ahí el diablo metió su cola. Me vestí de señorita, todo embetunado de cremas y cuanta lesera encontré en los armario, salí más linda que una modelo y crucé el umbral de la sección de mujeres, sin que la vieja gorda que me había tirado los suspensores me dijera ni chis ni mus. Mal, supongo, no me veía, porque un tipo me echó el ojo y había empezado a rondarme, por eso apreté el primer botón de ascensor que tuve a mano y escapé raudo o rauda, manteniendo intactas mis vergüenzas.
Acá sí que habían variedades de lugares (espacio corporales de sublimación estética, le llamaban) para depilar y todo muy organizado. La depilación de la región de la vulva poseía una serie de subsectores de “sublimación estética”: Labios mayores, vedijas, monte de Venus, monte de Marte, región ocular, ese ya internándose en los oscuros y nauseabundos valles de los cachetes y el astro rey, el único, grande entre los grandes, el agujerete escretor. Y ahí las tenían a las velludas como el ginecólogo en su famoso sillón. Aparatos había por todos lados, estaba prohibida la palabra rasurar. Sublimar el cuerpo, en este caso el aparato genital femenino, era posesionarlo de su belleza casta original, sólo vista en Eva, en el Paraíso Encantado. Alcancé a ver a una churra colorina más linda que una escultura griega, precisamente, sublimado su aparato y me dieron ganas de hacerme pedazos a carcajadas, pero me tuve que tragar la risa y seguirla guardando para la salida. Ojalá que no le vayan a hacer esto a mi pobre Isabel, pensaba en mis adentros. Yo, que nunca fui muy tincado al asunto de las mujeres, tampoco de los que miraba el cuerpo de las chulindas cuando caía alguna, apagaba la luz y mandaba todo al saco de quejidos y penetraciones y ya, acá, recién vine a caer en la variedad casi infinita de coños (zorra, taca, chucha, choro, en Chile) y de tan diversas formas, tamaños y colores. Me dieron ganas de ponerlas en un marco y hacer una exposición de sublimación zorreal, vaginal, coñal o como se le quiera llamar. Un verdadero chorro imaginativo, por decir, yo, con un gorro copetudo de artista, lentes de pose intelectual y ciertos aires de marica, en una galería pop, dando cátedra acerca de la profundidad conceptual de cada ángulo y captura de mis “obras”; una especie de saga de vaginas peladas y peludas y axilas y ombligos y traseros, todos, claro, desde una perspectiva estética considerando la sublimación del cuerpo. Y seguía conteniendo la risa. Recorrí todo, llené mis ojos de superficies peladas y peludas, me aburrí de tanto clítoris, labios menores y mayores y ojetes de todos los tonos de púrpuras habidos y por haber. Pasé al vestidor y salí, nuevamente, transformado en un hombrón recio y peludo.
Encontré a Isabel a la salida del Centro Depilatorio (resumo el nombre de la institución por tener muchas palabras y porque me parece ridículo tener que volver a repetir tamaña tontera del lenguaje) y la habían puesto churra de bonita. Nada de vello sobre el labio superior. Nada de esa patilla que la hacía parecer a un padre de la patria. Los brazos, todavía velludos, porque ese tratamiento daba para varias sesiones. Tres escalones fuera del edificio y solté la risa contenida. Cuando terminé, Isabel tomó mi mano y nos fuimos calle abajo, cantando:
“Mi barba tiene tres pelos,
tres pelos tiene mi barba;
si no tuviera tres pelos,
ya no sería una barba…”