¿Y por qué? Porque ya estás grande, ¿no te das cuenta?
Sí, me daba cuenta.
Me daba cuenta que desde hacía un tiempo mi vida se había convertido en una complicación. Yo, que hasta hacía poco no tenía más preocupaciones que ir a la escuela, estudiar, estar con mis amigas, de repente tuve que estar atenta a ciertos días del mes, para que el asunto no me atacara desprevenida, porque mi madre nunca llamaba a las cosas por su nombre. Entonces debía llevarme a la escuela las toallitas, y estar pendiente de si los corpiños gastados no sostenían lo que debían sostener, que por cierto, era bastante.
Ahora también esto.
Y nada de usar maquinitas de afeitar, que después te salían unos turutos duros como los de un jugador de fútbol. Tampoco las cremas esas, porque era lo mismo.
No, el método adecuado para deshacerse de los indeseables pelos era la depilación con cera. Por decirlo de alguna manera, por no llamar otra vez a las cosas por su nombre: tortura, tormento, martirio, suplicio, persecución.
Yo no tenía ningún problema con los pelitos que pronto cubrieron mis piernas. Y por qué sí los de las piernas y axilas y no los de los brazos que eran igual de numerosos y oscuros. Pero resulta que no, que los de los brazos, que los tenía tan cerca, tan a la vista, tan presentes, esos, no se podían tocar. A lo sumo, decolorarlos con agua oxigenada, litros de agua oxigenada en mi caso, pero depilarlos, nunca jamás, de hacerlo, terminarían confundiéndome con la mona chita.
Pero los de las piernas, esos sí, esos había que arrancarlos de raíz, para que el folículo piloso se fuera debilitando y al pelo, de a poco, de tanto ser castigado con la cera hirviendo, también se le fueran las ganas de volver a salir.
Y entonces el sábado a la tarde, con los ruleros puestos, y luego de haberse martirizado a sí misma sacándose los pelos del bozo con la pincita de depilar, mi madre comenzaba a calentar la cera.
El sábado a la tarde era el momento elegido para la belleza femenina, para la puesta en escena de aquel ritual que convertía nuestra cocina comedor en una sucursal de la peluquería de la esquina.
No vamos a ir a la peluquería todas las semanas chicas, si entre las tres podemos ocuparnos de todo. Las cuatro en realidad, porque doña Pepa no se perdía los operativos de embellecimiento, a pesar de que hacía rato ella se había emancipado de pincitas, cremas, ceras, y demás afeites, y lucía alegremente sus engendros pilosos, que cada vez eran más notorios. Doña Pepa era nuestra vecina del departamento tres, una especie de abuela postiza que nos había regalado la propiedad horizontal. Ella estaba para todas las ocasiones: fiebres, cumpleaños, desgracias domésticas, y por supuesto, también para el culto depilatorio.
El cacharro donde mi madre calentaba el amasijo ceroso estaba negro y abollado. Un palito de madera hacía las veces de cuchara, no íbamos a arruinar los cubiertos, y el fuego al mínimo comenzaba a derretir la piedra olorosa.
El olor ya me ponía un poquitín histérica. Un olor que producía en mí un efecto parecido al pestilente consultorio del dentista. Las tripas protestaban, parecían retorcérseme adentro, anticipando el padecimiento.
Yo no era muy experta en prácticas de belleza. La verdad. Con quince años, apenas me delineaba los ojos para las fiestas y me repasaba las pestañas con el rimel. Y claro, todavía no tenía ningún interés particular en extirpar los pelos de mi vida.
¿Por qué? Me preguntaba sin descanso. ¿Por qué las mujeres tenemos que pasar por esto?
¿Acaso los hombres tenían algún inconveniente con sus vellosidades? Al contrario, estaba todo aquello de que el hombre sin pelo en el pecho no era tan atractivo. Y el sobrino soltero de doña Pepa, que era toda una mata de pelo continua desde quién sabe dónde hasta la barba, era lo más codiciado por las solteras del barrio. ¿Y el padre de la Coca? Cuando en verano, por las tardes, salía a tomar mate a la vereda, lucía con ostentación, el matorral del torso, que le cubría hasta la espalda.
En cambio nosotras, mi hermana y yo, si queríamos conseguir marido, teníamos que dejar en claro que no éramos hijas del jeti.
Luego de calentar la cera, había que actuar con cierta celeridad. Y calcular la temperatura adecuada, y el tiempo correcto, para que el ungüento no se nos quedara adherido para siempre a la pantorrilla o se apropiara de nuestra epidermis al ser quitado con el mismo palito con el que mi madre revolvía en el cacharro.
Extender, enrollar, y tirar, un tirón seco y firme, que producía un ruido que me destrozaba la sensibilidad dental.
La pierna, al principio colorada y caliente, se comenzaba a cubrir gradualmente de unos puntitos rojos, cada vez más rojos, hasta quedar hinchada y tumefacta. Una crema humectante, hidratante, con vitamina A y no sé cuánto ingrediente más, era rápidamente desparramada por aquella porción castigada de mi anatomía.
Pero eso no era lo peor. No. Lo más terrorífico era reservado para el final.
A veces pienso que mi madre consumaba en aquel cacharro hirviente, en aquel potingue infame, la venganza por los infortunios de su destino. Un rictus de satisfacción recorría su cara coronada por el pañuelo que mal ocultaba los ruleros, cuando al fin, luego de extender y enrollar, pegaba el tirón para liberarnos de los horribles pelos de las axilas. Y un ya está, casi en éxtasis, culminaba el acto.
¿Viste que no duele nada?
A esa altura no sólo la vista, sino también el oído, habían pasado a segundo plano, desplazados por mi sentido del tacto que, en carne viva, sufría.
Al por qué se agregó el para qué en mi largo cuestionario interno, mis debates metafísicos acerca de las estupideces que las mujeres hacíamos en nombre de no sabía cuál sentido de la belleza.
Ahora que ha pasado el tiempo y la depilación es una más en la larga lista de actividades dedicadas a lograr cierta presencia decorosa para andar por el mundo (tinturas, cremas, ejercicios, uñas esculpidas, camas solares, por mencionar algunos), tampoco lo he dilucidado.
Pero, como el mundo da vueltas, y una llega a estar en aquellos sitios adonde no pensaba llegar, y adonde, si llegaba, había jurado en su adolescencia no repetir aquellas taras maternales, aquí estoy, peleando con una púber y una adolescente, para que -por lo menos cuando tienen una fiesta- consientan aunque más no sea a quitarse esa pelusita oscura, que les corona la sonrisa.