Mientras Me Pongo Guapa - Natalia Burgues Durán(madrid)

Para Mimo.

-¡¿Cómo te hiciste eso?! - Mimo se agarraba la cara y sus ojos parecían el dos de oro.
-Yo no me lo hice. -Contesté estudiando la fea herida de mi pantorrilla, que ya empezaba a enmarcarse con un verdugón de colores cambiantes. -Papá me dijo que sabía cómo se hacía esto, que lo había visto hacer a ustedes toda la vida...
-... ¿Y qué querés? Yo no me imaginé que tendría tanta ciencia. -se defendió él, asomando la cabeza por la puerta de la cocina.
-¡Te avisé que me estaba quemando! ¡Que eso estaba demasiado caliente! Y vos, dale, que era así... Y ahora me duele como un demonio...
Mimo se apresuró a restablecer la calma:
-Bueno, ahora ya está. Vamos a hacer el resto y eso no te lo toques hasta que esté curado del todo. Tendrías que haberme llamado desde el principio. ¿Cómo se te ocurre decirle a tu padre que te depile? En todo caso que te corte el pelo, pero depilar es otro asunto...
 
Depilar era otro asunto. Sin duda.
 
Mi padre era peluquero de señoras de toda la vida. Empezó como aprendiz en los 50, y desde entonces dedicó su vida a elevar la estética capilar a la categoría de arte. Ganó varios concursos entre 1975 y 1989, y llevaba ya 25 años en su propio salón. Mimo fue una de sus primeras empleadas, encargándose de los servicios ajenos al cabello e incluso a algunos no tan ajenos cuando había muchas clientas esperando. Pero tanto espíritu colaborador no se daba a la inversa, sobre todo en una época en la que los hombres eran artistas y las mujeres, ayudantes: mientras las "empleadas de peluquería" sabían hacer de todo, los "coiffeures" sólo se encargaban del "arte capilar".
 
Un buen día Mimo se casó. Y dejó de trabajar para encargarse de su casa. El idilio duró poco. Su único hijo todavía no caminaba cuando el marido de Mimo (jamás supe su nombre), se largó "a vivir la vida" y ella se vio abocada a la agotadora tarea de combinar la crianza del niño con actividades que le permitieran la manutención de ambos. Haciendo gala de esa batería de recursos que todas las mujeres sacamos no se sabe de donde cuando un hijo nos necesita, Mimo se hizo una amplia agenda de clientas a las que atendía en sus domicilios, cuando a ella le venía bien.
Se mudaron a una habitación alquilada en el Barrio Sur, y allí vivieron hasta que Martín cumplió la mayoría de edad. Las vueltas de la vida quisieron que, tras varios traslados, mi familia acabara viviendo a dos calles escasas de la pensión de Mimo.
 
En mis entonces 14 años, yo no había pisado otra peluquería que la de mi padre. Tenía mi primer cumpleaños de 15, el de una amiga. Mi padre me había comprado un traje nuevo para la ocasión, y hasta había encontrado unos zapatos que estaba segura de poder soportar toda la noche sin acabar con los pies en llagas. Pero por culpa de aquel experimento depilatorio con papá, los que habían quedado en llagas eran mi pantorrilla derecha y mi amor propio. Por suerte, estaba Mimo para arreglar el lío.
 
-No te preocupes. -dijo, práctica, formando una bola perfecta de cera caliente en la punta de un palo de madera. -Menos mal que empezó por abajo, porque por lo menos ahí podés taparte la herida con las medias y no se va a notar.
La mala experiencia del día anterior me había dejado marcada, nunca mejor dicho, y apreté los dientes al ver a Mimo acercar aquel palo a mi pierna para aplicar la primera tira de cera. La destreza adquirida con los años se manifestó enseguida. Ni una gota de aquel pegote cayó al suelo, y la banda de cera verde quedó adherida a mi pierna sin quemarme en absoluto. Mimo no me dio tiempo a apretar los dientes de nuevo, y con un tirón experto, reveló el trozo de piel adolescente impecable, sin un solo pelo.
-¿Te dolió? -preguntó mientras volvía a cargar el palo.
Sorprendida, le contesté que no. Mimo continuó con su trabajo. Una hora y media después, mis piernas estaban listas para la fiesta del sábado y Mimo había conseguido una nueva cliente. Papá, escéptico, me advirtió:
-Cuando quieras que Mimo te depile, llamála una semana antes. Y si querés que venga a las cinco, decíle que esté acá a las tres. Y por las dudas, no hagas ningún otro plan para ese día.
Papá no habría aprendido nada de depilación en todos sus años trabajando con Mimo, pero sí que había aprendido a conocerla bien. El tiempo dio razón a su consejo y yo lo seguía escrupulosamente.
 
Mimo tardaba horas en depilarme. Al principio eran solo las piernas, pero un día descubrí la comodidad de no tener ningún pelo de cintura para abajo, sobre todo en verano. Las sesiones se alargaron. Y para amenizarlas, nadie mejor que aquella mujer increíble que siempre tenía alguna historia nueva que contar. La mayoría eran tragicómicas; productos de la desvirtuada convivencia con su hijo, de sus siempre cambiantes relaciones de pareja o de su trabajo.
 
-La semana pasada fue espantosa. -relataba un día. -Martincito se fue a la casa de mi hermana... y vos sabes que Martincito no come pollo. Dice que le da asco. Pues allí resulta que se comió un guiso de pollo sin rechistar. Y ahora tiene gastroenteritis y no puede ni levantarse... Tengo que hacerle todo. La comida... y encima tenía que hacer la cera porque ya no me quedaba más y tenía tres clientas citadas.
-¿Y no es más fácil comprarla? -pregunté, divertida.
-Si hubiera, sí. Pero la droguería donde la compro está cerrada por dos semanas y la verdad es que no me fío de la cera de las farmacias. Una vez fue tu madre a la peluquería a que le depilara las axilas, y sólo teníamos de esa cera. ¡Es malísima! Se pega horriblemente...
Mimo parecía no recordar que yo había sido testigo de su historia.
 
Mamá me había llevado con ella una tarde y me dio permiso para pintarme las uñas mientras Mimo la depilaba. "Cuestión de minutitos", me dijo. Y, valiente como ella sola, se quitó la blusa y subió los brazos. Mimo le aplicó la cera del lado derecho, pasó al izquierdo y se preparó para dar el primer tirón.
-¡Ay! -exclamó mamá cuando, al primer intento, el palo salió despedido de la mano de Mimo mientras el pegote de cera permanecía solidario a su axila. Mimo recuperó el palo y lo intentó de nuevo... con igual resultado.
-Esto se pegó. -Anunció. -A ver del otro lado.
Del otro lado pasó lo mismo. No había forma de quitar aquella cosa. Otra empleada se acercó a echar una mano. No consiguió quitar la cera, ni tirando ni poniendo más encima para que se ablandara. Mi madre a esas alturas ya se sujetaba a un perchero para poder mantener los brazos en alto y rayaba la desesperación. Entre Mimo y su compañera consiguieron arrancar con las uñas la cera y algún pelo de las axilas de mamá, mientras ella mordía el palo de depilar estoicamente.
Incapaz de contener la ocurrencia, la señalé con un paraguas y grité con toda la energía de mis 9 añitos:
-¡Arriba las manos!
-¡En cuanto salga de acá, te mato! –aulló, escupiendo el palo y su dentadura postiza.
 
El último tirón de la pierna derecha me volvió a sintonizar con el relato de Mimo.
-...y tenía el arroz para Martín en una olla y la cera en la otra y justo me llama la vieja que te digo... que a ver si podía ir un poco más tarde, y la cuestión es que me entretuvo y al final se me quemó la cera. Quedó negra como el carbón. Que desastre... ¡y qué olor!
-¿Y Martín no te avisó? -me mordía para no reírme.
-¿Ese? Ni siquiera se dio cuenta. Pero por lo menos ahora ya lo tengo todo hecho.
-Habrás tenido que hacer la cera de nuevo... -dije, por decir algo.
-¿Estás loca vos? ¿Cómo voy a tirar toda la olla de cera, con lo que cuestan los ingredientes? No, no, no. Me inventé otra estrategia de marketing: ahora hago "depilaciones a la cera negra".
-Mimo, un día te van a denunciar.
-¿Por qué? ¿Acaso las peluquerías no anuncian "depilaciones a la cera vegetal"? Pues las mías son a la cera negra. ¡Y lo contentas que están las clientas! Además, como es novedad, les cobro más.
Cuando Mimo terminó, me fui a la peluquería.
 
Allí encontré a la señora B., vieja clienta de papá. Venía dos veces al mes… y gastaba. Tenía dos fuentes de orgullo: el hecho de no haber tenido que trabajar nunca en su vida, y su hija, una chica de mi edad con problemas de bulimia y consumo de drogas. Ambas se beneficiaban de la atención a domicilio de Mimo. La señora B, estaba furiosa, y ni los vapores de amoníaco que la rodeaban le impidieron describir con pelos y señales el estado en el que había quedado su adorada alfombra blanca del dormitorio luego de la sesión depilatoria "a la cera negra" de su hija.
-¡Y de mí ni te hablo! A mí prefiero que me depile con glucosa, porque los pegotes salen con agua. Pero, ¿no va y me deja un balde lleno de agua con los trapos que usó para eso? ¡Y no le dijo nada a la mucama! La pobre no lo vio hasta una semana después, ¡¡y para entonces tenía hasta hongos!! Tuvo que tirarlo, así como estaba.
 
Mimo tenía esas cosas. Se hacía su ropa, se hacía ilusiones contagiosas y se hacía su propia cera depilatoria. La receta original, depurada por años, era un secreto que no revelaba, aunque una vez me dio otra a base de azúcar y limón que resultó tan pegajosa como aquel mejunje de la farmacia... e igual de ineficáz.
 
Me mudé de Montevideo a Madrid con 27 años, y entre las muchas cosas que se dejan atrás al emigrar, allí quedaron la comodidad de la peluquería en casa y las visitas de Mimo.
Más adelante, supe que es a la gente, y no a las costumbres, a quienes nunca se deja de echar de menos. Papá, sabio, me dio la mala noticia cuando ya había pasado un tiempo: un conductor borracho. Supe que nunca más vería a Mimo haciendo malabares con aquel palo-talismán, tallado a mano por su marido, ni le oiría quejarse de lo complicado que era su hijo, muerto también al poco tiempo de un infarto cerebral. Tenía 24 años…
 
A la peluquería me acostumbré a ir regularmente. Al centro de estética al que iba a hacerme la cera, no volví. Ahora me depilo en casa. Con un palo hecho por mí. Y ya no tengo quien me cuente historias de locos mientras me pongo guapa.
 
FIN

 
         
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Bases del concurso
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