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DEPÍLAME OTRA VEZ, AMOR MÍO - Dante Medina(jalisco)
DEPÍLAME OTRA VEZ, AMOR MÍO
Me dijo que yo tenía demasiados pelos, y yo, que estaba enamorada, le creí de inmediato, justo antes de que caer, como nunca me había sucedido, en una inconsciencia en la que mi cuerpo parecía tener la consistencia muscular y las articulaciones de una rana.
Al día siguiente, amándolo muchísimo, y en honor al primer orgasmo de mi vida, fui a una clínica de depilación, donde me sometieron, de inmediato, y previo pago enormísimo, a la anulación de uno por uno de los culpables de que mis pelos crecieran cada vez que yo me rasuraba: los folículos capilares, me explicaron.
Regresé a casa feliz y adolorida. Le dije al hombre de mis sueños, al sapo que se me había convertido en príncipe, que no lo vería durante cuatro semanas, porque ese era el tiempo del tratamiento, o sea que si quería a La Bella Durmiente debía esperar según las reglas de la leyenda a que fuera el momento de despertar a la hermosa, que sería yo, después, claro, de mi es periodo de despelamiento, que algunos exquisitos llaman "depilatory".
Ardía, por todo el cuerpo, la huella que dejaba el láser. Pero las pendejitas de la clínica del SPA, luciendo una lampiñez de sonrisa muy oronda hasta en las encías, afirmaban que no era nada, ¡y cómo si en su piel no sentían, las cabronas, nada!, por más que a mí me quemara "subcutáneamente" (me costó tan caro que tengo que decirlo con elegancia), como si cada parte de mi piel estuviera asediada por un cigarrillo que me hablara de cerquita pidiéndome el secreto de un amor muy personal.
Mientras me deshacía de mis pelos dolorosamente, extrañaba a mi amado dolosoramente. "El amor todo lo puede", me consolaba. De no haber sido porque él me dijo, amoroso, algo que yo tomé a reproche: "linda, mi peludita", yo nunca me hubiera dado cuenta de que en mi cuerpo había pelos. Él quiso arreglar la cosa, cuando me lamió, desde el final de las nalgas hasta el cuello, mis finos pelitos, diciendo que eran como un ejército de paz que custodiaba mi espalda. De todas formas yo sentí que en la sensualidad que se enredaba en sus bigotes los pelos de mi espalda eran un estorbo que se interponía entre él y yo.
Dado que no permitiría que ningún pelo nos separara, pedí depilación completa. Ni bikini ni ningunas otras madres paliativas. ¡Fuera todos los pelos del cuerpo! Que no quedara nada ni en el recuerdo. Nadita. Sólo que se salven las cejas y el cabello. Todo lo demás, ¡fuera! Extirpación total. Guerra de extinción a los pelos.
En la clínica (¿y/o SPA?) me hicieron una pregunta difícil, y cara. Una en la que yo jamás hubiera pensado, y que me dio una enorme vergüenza. ¿Los pelos de ano? ¿Tiene una pelos en el ano? ¿A quién se le ocurre mirarse para allá, adonde por cierto no se puede ver sin un espejo y el gran morbo de asomarse al interior de una por donde se pasea más el asco que la ilusión? Todas las muchachitas se rieron de mí. Que en el ano, naturalmente, y que no sintiera pena por eso, crecen como en cualquier otra parte de la anatomía humana, pelos, pelitos, y pelotes. La cuestión era simple: ¿Quería que me los quitaran también de ahí, sí o no?; en paquete había una muy atractiva oferta, y que aprovechara de una vez porque el dolor era el mismo.
Si había de ser todo, que fuera todo, dije. Y entonces acepté todo, a condición de que el pago se difiriera a doce meses, tiempo en que, sin equivocación alguna, ya estaría yo casada con mi galán, y como el que iba a disfrutrar mi cuerpecito liso como de rana sería él, pues que lo pagara con su dinero él. Le pedí, eso sí, paciencia para volvernos a ver, porque quería darle la mujer que se merecía, aquella de la que no pudiera, de ninguna forma, tener ninguna queja, por sus pelos.
El tratamiento fue de lo menos exitoso: después de que me depilaron, me salieron nuevos pelos, mucho más abundantes. Fui a quejarme y me explicaron que esas reacciones, aunque inesperadas, pueden suceder, pero que ellos lo arreglarían. Con doble dosis de láser quedé lisita sin peliferación ninguna, hasta que una semana después la cantidad de pelos triplicó la colonización de mi cuerpo, lo invadió entero. Llegué a la clínica pidiendo auxilio, y eran los técnicos de las máquinas, los doctores, las esteticistas, los que querían poner el grito en el cielo, pedirle ayuda a la mismísima Virgen de Guadalupe: la mala publicidad de la mujer lobo acababa de llegar a echarles a perder el negocio con su cuerpo que, cuando lo desnudaron, parecía vestido para una fiesta elegante con abrigo de mink o de chinchilla.
Me pidieron paciencia a mí, ellos que estaban a punto de la histeria colectiva. Que si quería que me devolvieran mi dinero. No. Lo que yo proponía era devolverles los pelos de más que me había salido desde que empecé el tratamiento de depilación, cuatro semanas antes. Todo parecía inexplicable e increíble, menos la evidencia de que yo no cabía en mi ropa de tanta pelambre. Ni siquiera el rastrillo entraba en mi mata de pelos. Como si el tratamiento de depilación láser hubiera hecho el efecto contrario: una especie de abono al crecimiento de mis vellos; mis ojos y mi boca apenas se distinguían en la bolita de pelos que era mi cara, y nadie se daba cuenta de que yo lloraba porque mis ojillos eran una pequeña luz en el fondo de la peludez y mis lágrimas no conseguían ni siquiera humedecer los rudos pelotes de mi cara.
Pensé en quejarme a Derechos Humanos, a Animal Planet, ¿o a quién?
Reflexionando sobre la naturaleza del amor, se me ocurrió una idea estupenda: ¿qué es el cariño, el verdadero amor? La aceptación del otro. Cierto. ¿Por qué ama uno a la persona que ama? Porque se le acepta como semejante, como alma gemela, tal como es. Entonces, ¡lo que tengo que hacer es que mi príncipe azul, mi sapo, no desee a su rana lisita sino peluda, y convertirlo a él en un sapo peludo también!
Ofrecí, a pesar de mi aspecto salvaje y peludo, un arreglo civilizado a la clínica de depilación, calmadamente, sin rugir: no causar ningún problema si aceptaban una cita para mi amado y hacerle exactamente, pero exactamente, el mismo tratamiento que me habían aplicado a mí. Respiraron de alivio: les pareció un excelente arreglo. ¿Qué esperaban, que los mordiera?
Le hablé a mi amado para convencerlo, y de mala gana aceptó ir a quitarse los pelos de la espalda, del pecho y de las piernas, que tanto me gustaban a mí y que mucha masculinidad le daban. Tuve que rogarle que confiara en su peludita en proceso de depilación, ya que eso nos iba a unir más, mucho más.
Ahora me lo agradece, y sonríe. Sabe que puede confiarse a mí. Decirme lo que nunca se hubiera atrevido a confesarme de otra manera. Está igual de peludo que yo. Somos como dos ositos, y dormimos abrazados, mullidos, calientitos y cómodos. Es como dormir rodeado de almohadones adaptables, y amorosos.
Según lo que sabíamos cuando nos conocimos, él era un sapo, rugoso de piel, áspero, duro a la caricia y repelente; yo quería ser una rana lisita y deslizante al paso de sus dedos de erotismo y de lujuria.
Ya no tenemos esos prejuicios. Los dos somos peludos. Estamos llenos de pelos por todas partes (incluso allá donde no acostumbro echar un ojo). Perdimos la rasposidad del sapo y la sebosidad de la rana. Podemos meter los dedos en la pelambre de nuestros pelos mutuos, y acariciarnos estirándonos amorosamente uno al otro la largura de los cabellos que nos crecen en la totalidad de la piel de nuestros cuerpos.
Mientras nos hacemos "piojito" a lo largo de nuestra peluda epidermis, estamos corrigiendo un error cultural de la civilización: ¿a quién se le ocurrió afirmar que los pelos son feos, antiestéticos, indeseables, asquerosos?
Los pelos son, los hemos comprobado nosotros, el origen del erotismo, la belleza, el amor, la lujuria, y otras delicias íntimas que no pienso revelar a las tontas y mojigatas que se depilan.
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