Estimados compañeros:
Soy un pelo común, de una común axila masculina, perteneciente a un no menos común varón, español, de treinta tantos años reconocidos, y cuarenta y dos años, según reza su D.N.I. El caso es que me veo obligado a ponerme en contacto con ustedes para contarles mi situación actual. Antes yo era un joven y orgulloso individuo capilar, habitante de la frondosa y próspera axila de Indalecio Morrón Moreno. Tenía por delante un largo y prometedor futuro, mi misión era crecer y crecer, hasta cubrir de un negro intenso el bajo brazo de mi dueño. Tenía amigos y vecinos, muchos y variados, el viejo y sabio “Pelazo”, que medía ya mas de seis centímetros de edad, oscuro y fuerte, y del que se cuenta que fue el primer poblador de la colonia. La timada tía “pelusilla”, que se había quedado enana, ocupando un discreto, pero importantísimo segundo plano en nuestro pelífero mundo, e incluso le había tirado las raíces, o los trastos, con mas les guste, a una joven de silueta rizada y negra, que me traía de “cabeza”, incluso estando incrustado en la axila.
Era un mundo húmedo, oscuro y feliz, nuestro sudorífero hogar. Pero un día, aparecieron ellos, unos seres vestidos con batas blancas, y una extraña prolongación en sus manos que soltaba unos destellos de una luz hipnotizadora. Cada quince días nos visitaban. Recuerdo la primera visita, lo primero que oímos fue un atronador ruido, y un bicho metálico nos dejó a todos al mismo nivel, cortándonos a su antojo. ¡Que injusticia!, la tía Pelusilla, mirando de igual a igual al viejo Pelazo. Luego vinieron las luces, cual fuegos artificiales en plena noche de verano, y ahí estábamos todos los pelos de la colonia mirando para ellas embobados. Poco nos duró la alegría, mis compañeros fueron enfermando aquejados de una extraña debilidad que los dejaba paralizados hasta que, uno a uno se fueron cayendo, y lo peor es que no hay nuevos individuos que ocupen su lugar, simplemente se van, y nadie vuelve para reemplazarlos.
Unos días antes, un pequeño pelo del pecho, en su caída, nos había tratado de avisar, gritando sin parar, ¡no miréis a la luzzzzz!, pero lo tomamos por un loco profeta suicida, de esos que anuncian sin parar la llegada del fin del mundo. Ahora soy uno de los últimos supervivientes de la colonia, aunque mucho me temo que no tardaré en abandonar mi forículo, pues las fuerzas escasean, y esas luces … ¡son tan bonitas!.
El motivo de esta misiva es avisaros, queridos compañeros peludos, ¡no miréis a luz!, no sirve ningún truco, ni enredarse, ni poneros de punta, ni encresparse, todo es en vano, la luz, esa luz, puede con nosotros.