Aún recuerdo el calor de mis mejillas, mi mente agitada buscando alguna explicación coherente al comentario de Nicolás: “Uhhh... tenes bigote...”. Ese día al salir de la escuela supe que había llegado el momento de hablar, de mujer a mujer con mi madre.
Llegué a casa y esperé ansiosa su regreso, ensayando discursos, elaborando fundamentos de cómo repercutiría en forma de trauma sobre mi vida adulta, esta especie de pelusa que había comenzado a ganar espacio en mi rostro tornándose de un color oscuro. Finalmente, mi madre llegó. Me acerqué, mi mente se inundó de blanco, respiré hondo y con voz temblorosa, solo pude preguntar: “Ma... ¿Me depilás el bigote?”. Todo fue en vano y se limitó a recordarme mis once años. Enfurecí y de un portazo me encerré en la habitación, ahogada en lagrimas, comencé a hurgar en mis útiles escolares hasta que encontré la cinta adhesiva, pero la muy maldita solo irritó mi piel, y el bigote permaneció inmutable. Le rogué a Dios y a todos sus santos que iluminaran mi pobre existencia y cómo caída del cielo llegó mi hermana mayor de visita a la casa.
Paola, mi hermana, preparó un ungüento de color celeste y olor penetrante que con un pincel fue aplicando en mi rostro. Ardía, picaba y volvía a picar, yo solo pensaba en que los caminos del Señor son misteriosos... ¡Y pican!. Finalmente, el milagro se materializó ante mis ojos. Al enjuagar el ungüento, el bigote había desaparecido, transformándose en destellos rubios, que remediaban en forma considerable la situación.
Lamentablemente, fue una solución temporaria, ya que a las semanas, aquello que había sido rubio, comenzó a tomar su color natural y el bigote comenzó a evidenciarse una vez más. Así transcurrió mi existencia, cuando Paola venía de visita a la casa, preparaba el ungüento mágico y solucionaba en forma esporádica lo que ya se había transformado en un terrible problema.
Finalmente cumplí doce años, me alistaba para un viaje de estudios, cuando nuevamente gracias a la intervención divina, mi madre calentó la cera, recuerdo que me senté a su lado con la felicidad colmándome el cuerpo. Y acomodo en forma prolija la cera caliente sobre el bigote, un silencio hondo se adueñó del cuarto... Pude sentir como cada vello era arrancado desde su raíz, como el dolor asomaba por cada poro, ahora huérfano de pelo, como el aire atorado en mis pulmones debido a la conmoción del tirón, había comenzado a matizar mi cuerpo de morado y solo pensé que los caminos del Señor además de ser misteriosos, producir picazón... ¡La pucha que duelen!. Y un cachetazo que mi madre plasmó sobre mi cara y que resonó en cada rincón del cuarto, me devolvió de ese estado catatónico, liberando el aire atascado en un: ¡Ahhhhhhh!. Silencio. ¡Ahhhhhhhhhhh!. Silencio. “Gracias Má”.
A mí también me hubiera gustado pensar, que la infalible cera había aniquilado al terrible problema pero... no. Pasaron los meses y el bigote se multiplicó en una infinidad de vello que ganó aún más espacio en mi rostro, teniendo que recurrir con más frecuencia a la cera. Aprendí yo misma a practicar el ritual en donde la ofrenda era el bigote y el altar de sacrificio mi cara, a fuerza de quemaduras e irritaciones que ni siquiera el maquillaje lograba disimular.
Una tarde, inolvidable tarde... me encontraba en la casa de Carola, mi amiga, apasionadas escuchábamos a Damián contar sus historias, cómo nos gustaba Damián... cómo se inmiscuía en nuestras más profundas fantasías de quinceañeras... No sé cómo, de pronto, el tiempo pareció congelarse y de los labios de Damián surgió esa palabra, esa horrible palabra: “bi i i- go o o o - te e e e” produciendo un eco ensordecedor en mi cabeza. Y ante el primer descuido de Damián, Carola y yo corrimos despavoridas al baño, recuerdo la terrible imagen frente al espejo, enjabonándonos el bigote, compartiendo la shilet, rasurándolo desesperadas, sin medir las consecuencias futuras, solo pensando en desaparecerlo.
Y así, nuevamente transcurrió mi existencia durante algunos años, pero esta vez... con el bigote más duro. Mi vida giraba en torno al hornillo, a la pincita, si algún día olvidaba por algún motivo de fuerza mayor, inspeccionarme frente al espejo, contaba con la solidaridad de mi querido compañero de trabajo, José. Cuando José me hablaba para preguntarme por algún informe o llamado, a pesar de que mis ojos intentaban captar su atención, pestañeando en forma exagerada o realizando movimientos casi acrobáticos, él apuntaba su mirada directamente a mis labios, y de allí no la movía, produciendo una gran incomodidad en mí, yo intentaba girar mi cabeza en otra dirección, taparme el rostro con la primera carpeta que encontraba y en más de una oportunidad, mis manos se posaron sobre mi boca, en un arrebato desesperado por ocultar la vellosidad, sin que José logre entender una sola palabra de mis respuestas.
Fue entonces cuando decidí consultar a un profesional de la endocrinología, después de numerosos exámenes, el Doctor observándome con una lupa, concluyó: “Mmmmm, no, no... Sus glándulas están bien, simplemente... usted es una mujer velluda...”. ¡“Mujer velluda”!. ¡Juro que utilizó esas palabras!. Que como dagas, se clavaron en mi corazón, desgarrando mi femineidad en pedazos. Creo que advirtió mi desazón, porque me recomendó una alternativa que hasta el momento no había evaluado: la depilación láser.
Después de varias consultas en distintos centros estéticos y dermatológicos, decidí efectivizar la consulta. Si bien era una solución definitiva a esta... dolencia (¡Ya se había transformado en dolor puro!), debía rasurar nuevamente el bigote en forma reiterada, y además, dejarlo crecer. ¡Sí!. ¡Dejarlo crecer!. Aquello con lo que había luchado desde mi temprana edad por exterminarlo, ahora, debía dejarlo florecer, fortalecerlo, verlo crecer... ¡Que horror!. Pero, solo pensé en que los caminos del Señor no solo son misteriosos, pican y duelen sino que además... ¡Masculinizan!. Durante semanas medité, planifiqué, estudié el proceso a mi felicidad. Solicité licencia en mi trabajo, a familiares y amigos les dije que saldría de viaje, me descarté de todos los espejos existentes en mi casa y me sometí a las indicaciones.
Finalmente llegó el día, debía ocultar aquella tupida maza de pelo y envolví con un pañuelo, a pesar de lo caluroso, mi garganta hasta la mitad de mi rostro, dejando solo los ojos descubiertos y acudí a la primera sesión.
Atrás quedaron aquellos días de angustia y esclavitud, hoy soy una mujer libre, solo algunas noches, en medio de la madrugada, me persiguen en sueños bigotes gigantes, con piernas y brazos de hombre, que me gritan: “¡Mujer velluda!”, entonces despierto agitada, enciendo la luz y tomo el espejito que guardo siempre junto a la cama, el cuál me devuelve una imagen libre de pelo y vuelvo a dormir tranquila.