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Like a virgin - Sofía(madrid)
Había conocido al hombre de mi vida, estaba segura. Llevábamos varios meses escribiéndonos largos mails diarios, hablando por teléfono y contándonos la vida por todos los medios disponibles ante la imposibilidad de conocernos, pues él estaba en una ciudad del norte de la península ibérica… y yo en las frías tierras canadienses. Y qué haces ahí, me preguntó él. Pues cuidar del pequeño Brett y el joven Tyler, le respondí yo: prepararles el maple oatmeal (en realidad, gachas con sirope de arce) del desayuno y los pogo (perritos calientes de maíz pinchados en un palito) de la cena.
Pues vaya, escribió él.
Y que lo digas, le respondí por chat.
Sí, lo teníamos todo en común, eso estaba claro: el mismo sentido del humor, una afinidad casi enfermiza por Futurama, Billy Wilder, las series británicas de humor e incluso Franco Battiato, a los dos nos encantaba leer y no tanto salir por la noche, y teníamos perspectivas vitales semejantes, que incluían un robot en lugar de perro. Nunca se nos terminaban las cosas que contarnos. En definitiva, la típica historia de "geek encuentra a geek a cinco mil kilómetros de distancia", vamos. Todo parecía perfecto, pero según se acercaba el momento de conocerle, mis más profundos pánico iban aflorando a la superficie. ¿Y si no le gusto? ¿Y si algo sale mal? ¿y si… ?¿y si…?
-Os habéis intercambiado catorce millones de fotos –intentaba tranquilizarme mi amiga Claudia.- Además, tenéis tanta confianza el uno en el otro que es difícil que las cosas se estropeen sólo por encontraros cara a cara. Ya tenéis lo más importante.
Claudia es terapeuta y consejera de crecimiento vital. Ha escrito dos libros sobre los verdaderos colores de los chacras y uno sobre la inteligencia emocional, tiene el riñón bastante alicatado de metales preciosos gracias a la credulidad humana, y a pesar de mi escepticismo, yo sabía que algo de razón tenía. Pero me daba un vértigo ese encuentro cara a cara, después de todo…
-Mira, lo que está claro –me dijo mi amiga Elisa – es que ese día tienes que estar a un 120 % de autoestima. Tienes que utilizar todos los recursos de la ciencia y la técnica para estar todo lo perfecta que puedas estar ese día.
Asentí, con la ambigua frase "todo lo perfecta que puedas" flotando en mi cabeza, y mientras recorría las tiendas buscando ropa capaz de favorecer mi tipo de silueta (no todo lo ortodoxa que el siglo XXI parece requerir, pero afortunadamente estaba en Canadá), me dediqué a buscar un sitio donde pudieran hacerme una depilación integral, cosa que no había hecho en la vida, porque eso es lo que tiene ser mujer con gafotas y pelo corto, cuya principal actividad es ser ratón de biblioteca: que no me he pasado la vida poniéndome uñas de porcelana y haciéndome micropigmentaciones, vaya.
Tras llamar a varios de los establecimientos estéticos en un área de veinte minutos en coche (en Norteamérica, sin coche, no puedes ni ir a por el pan), Elisa, Claudia y yo obteníamos insistentemente la misma respuesta:
"Sorry, we don\'t do brazilian".
Y sólo quedaban dos días para coger ese avión, que me dejaría en una ciudad lo bastante cercana a la suya como para poder llegar a su encuentro en autobús tras saludar a mis padres (aproximadamente diez minutos).
-Oye – me dijo Elisa, aquí al lado hay un local de depilación asiática… Es un poco cutre, pero seguro que te hacen lo que quieras, y encima será más barato.
-Ya… mira, es que yo quisiera conservar la mayor parte de piel que fuera posible, ¿sabes?
-No te preocupes. Es gente muy experimentada que hace eso todos los días de su vida. Venga, vamos para allá ahora mismo, que necesitas un día de reposo para que te descanse la zona si se te pone como un cangrejo, que tú eres de piel sensible.
-Que no te quepa duda de que así será –mascullé, entre oscuros nubarrones de pesimismo. Ya estaba yo visualizando ese primer encuentro supuestamente sexy, en el que debajo del vestido cuidadosamente elegido mi piel ardía en llamas, jirones de escozor, ampollas de irritación y pústulas de varias tonalidades.
-Por cierto… ¿de qué color te vas a teñir?
¿Teñir? Me estaban dando los siete males. Elisa quería vestirme y decorarme como si fuera una de esas muñecas de las que su infancia careció, por habérsela pasado en un internado de la Rumanía comunista. Me estaba empezando a sentir pepona pepona (pero aquella misma tarde me tiñó, claro) (la cabeza, eh).
Llegamos a donde las chinas. Era un local bastante grande, en el que decenas de jóvenes pizpiretas, impecablemente peinadas y maquilladas, hacían las uñas a señoras de todo tipo.
-¿Do you do brazilian wax? –preguntó Elisa en voz muy alta mientras yo sentía cómo el rubor arrasaba mis cachetes.
La adusta china asintió de manera militar, preguntó con un solo gesto de sus cejas (de asombrosa eficacia funcional) que para quién era, y luego me indicó que la siguiera. Me despedí de mi amiga, que no podía contener la risa ante mi expresión atemorizada y quejumbrosa.
Guiándome mediante el método de cogerme por el codo sin decir una palabra (como hacía la entrañable directora de mi colegio de monjas), la madame me introdujo en una cabinita que sólo estaba aislada del mundanal ruido de la sala principal mediante una cortinilla de plástico del de hacer pelotas de piscina, y descolgó de su percha una batita de papel de seis gramos de peso, indicándome que me la pusiera en ese lenguaje universal de los signos que tan bien dominaba. Me dejó sola para que me desvistiera, cosa que no pude hacer sin asegurar paranoicamente la posición de la cortinilla.
En aquel apartado sólo había una camilla de eskay y una serie de aparatos e instrumentos a cual más enigmático e inquietante, incluyendo un bote semicerrado del que parecía pugnar por salir, como si tuviera voluntad propia, una sustancia semejante en todo al chicle derretido, y también a la baba rosácea que inunda Nueva York en Cazafantasmas 2.
Cuando ya me estaba poniendo lo bastante nerviosa como para considerar la posibilidad de salir corriendo de allí en bata de papel (como cuando un novio del instituto quiso que me hiciera un piercing en la lengua, y tan sólo al ver la pistola perforadora, con la lengua perfectamente sujeta por aquellas satánicas tenazas antideslizantes, me dio el ataque de pánico y me puse a hacerle signos mudos al macarra de que quería salir de allí a toda prisa), apareció mi depiladora, que no podía pasar de los 16 años, y me dedicó un ceremonioso saludo que no incluía ningún tipo de lenguaje. "Virgen santa", pensé para mí, temiendo lo peor, e intenté dirigirme a ella en inglés, pero no sólo no contestó, sino que dejó escapar una risita, que parecía de disculpa pero que en realidad era de culpa. No hablaba ese idioma. Con gestos delicados, me indicó que me tumbara en la camilla, y me despojó de la bata de papel.
Aquella frágil asiática menor de edad no debía de estar muy acostumbrada a encontrarse con especimenes raciales del lejano mediterráneo, porque en cuanto se descubrió a su vista mi materia prima, enarcó los ojos en un gesto de evidente sorpresa. Me examinó desde varios ángulos para cerciorarse de que no le engañaba la vista, y sin embargo, a los pocos segundos ya había recuperado sus mimbres, como un explorador de la amazonia que se enfrenta al reto definitivo en su carrera. En sus ojos brillaba el fulgor del reto, y en los míos, el del terror ancestral ante el depredador con el que no puedes comunicarte.
Mientras con una mano sostenía el temido bote de pegote rosáceo, con la otra tomó una de las mías, y la colocó firmemente en una posición determinada cerca de mi entrepierna, indicándome que tirase de ese trozo de piel en una dirección concreta. Rápidamente, untó esa pasta chicloide (cuyo tacto era cien veces, qué digo cien, mil veces más viscoso y pegajoso que cualquier otra materia a la que mi piel hubiera estado jamás expuesta), le pegó encima una cinta de papel plasticoso, y tiró de ella en dirección contraria a lo que marcaba mi mano, y aprovechó la inercia de ese gesto para desechar la banda en una papelera a su espalda sin mirar siquiera. Para mi gran sorpresa, casi no me dolió.
Mientras yo me preguntaba si ese blandiblub gay incluía en su formulación algún tipo de anestésico o calmante, los tirones se sucedían a un ritmo endemoniado. Mi mano era dirigida hacia diferentes áreas como si no dependiera de mi voluntad, sino de la determinación estratégica de un general que va ganando flancos y más flancos de la ladera a conquistar. El moco de pequeño pony se instalaba entre mi vello como "la cosa", pero justo cuando estaba a punto de contaminarme con virus alienígenas, la ninja estheticienne lo levantaba con su katana de papel y lo arrojaba a la hoguera. La prodigiosa rapidez de artes marciales de aquella chavala era en gran parte responsable de paliar y distraer el dolor, incluso en las inverosímiles posturas en las que me iba colocando. Sus brazos se movían a la velocidad de la luz.
Cuando salí de allí era otra mujer. No sólo porque ya no tuviera esa dureza en el rostro que tienen las vírgenes, como diría Almodóvar, ni por poseer una sensibilidad inusitada en toda la zona anteriormente protegida, sino por que había sido testigo de una exhibición de arte y destreza profesionales que han sido una inspiración y un ejemplo en mi vida desde entonces. Elisa se reía de mi perplejidad, pero yo no dejaba de pensar en esa china anónima y sus superpoderes. Oh, qué ingrata la vida de la depiladora extraordinaria, condenada a no poder mostrar nunca su talento al mundo en convenciones o concursos en directo.
Dos días después, bajé del autobús. En la estación me esperaba ese chico del que ya lo sabía todo. Se había puesto la misma ropa con la que aparecía en una de las primeras fotografías que me había mandado. Nos sonreímos, y reanudamos la última conversación que habíamos tenido por teléfono, como si nada. En ese momento me acordé de Elisa, porque mi autoestima estaba al 120 %.
Mi primer fin de semana con mi actual marido fue todo un éxito gracias, entre otras cosas, a la eficiencia de aquella aguerrida artesana del tirón y de su chicle fundido… Ojalá se convierta en asistente personal de alguna estrella del rock o de las relaciones sociales, o por lo menos, todas sus clientas le dejen la misma propina que yo.
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