De las variadas metrosexualidades que acompañaban a mi expareja una de las más inocentes era la depilación. En un principio me pareció que era una forma más de cuidarse, además de un punto higiénico (curioso, como dice mi madre) a su favor.
Era encantador ver que se mimaba “para mí” (que ilusa…); lo cierto es que si había algo que me hacía valorárselo aún más era el conocer en mis propios poros el sacrificio que resulta pasar por los “au, uyyy, aixx” que acompañan a la exterminación de vello.
Sin embargo, poco a poco, la inocente limpieza de cejas se apoderó de las mañanas de sábado relegándome a un segundo plano. Dejé de ser lo primero (después de dos horas diarias de gimnasio, visita semanal a comprar trapitos, sesiones interminables de peluquería “ni se te ocurra despeinarme” e infinitos paseíllos delante del espejo luciendo abdominales).
Llegaron los temidos “rasurados de pecho”. “Cariño, voy a llegar un poco tarde, es que tengo que…”. No hacía falta más detalle: embadurnarse de espuma allí, en medio de una docena de tíos en pelotas, sin intimidad ninguna, para pasarse la cuchilla, incluso antes de que el pobre pelillo tuviera tiempo de abrirse paso por la dermis pectoral.
A partir de ahí…todo eran excusas: que si voy a pedir hora para que me hagan media pierna, que para la bici va mejor, que ya puestos que me las hagan enteras, por si me da por ir a nadar, que el bañador queda mejor si me ponen un poquillo de cera en las ingles…
Basta.
Decidí madurar la relación llevándomelo a hacer el Camino de Santiago, creyendo que después de más de treinta kilómetros diarios, mal dormir, poco comer, lluvia, un calor de sofoco y bastantes kilos a la espalda, dejaría de anteponer el estado de sus folículos pilosos a cuestiones más importantes de esta vida… De todos modos y oliéndome el peligro, añadí al atuendo de peregrino unas pincitas…por si acaso ( capítulo 753 de MacGyver).
A la tercera jornada, cruzando tierras navarras, sus pasos eran más arrastrados que de costumbre, caminaba con la cabeza agachada, como apagado; finalmente confesó que le avergonzaba mirarme con esas “pedazo de cejas”. Cielos. Por superficial que me pareciera no podía verle así, con los poros mustios; desenfundé las pinzas y….acabé aquella jornada con la casi satisfacción de haberle hecho “el hombre más feliz del mundo”, palabras textuales.
Es de imaginar cómo fue el resto del peregrinaje. Llegué pidiéndole al Apóstol, entre otras cosas, paciencia; él, cita con la esteticista.
No pasó demasiado tiempo después de volver…se podría expresar “en un abrir y cerrar de poros” o “antes de poder decir este pelo es mío” la relación terminó.
Pude volver a mi soltería con cierta pena, sí, pero con el alivio de padecer exclusivamente mis arrancadas de vello (que con estas raíces que ni Kunta Kinte… ya tengo bastante) sin tener que compartir a mi chico con una banda de cera fría cualquiera o, a lo peor, un pegote sin pedigree de la caliente que me lo dejaba insensibilizadito un par de días…
Después, sólo volvimos a hablar una vez..
- Hola, soy yo…me apetecía llamarte y…ya ves..aquí me tienes..¿cómo estás?- pregunté deseosa de oír un “fatal, te echo mucho de menos”.
- Bien; ¿sabes? Me he hecho las axilas.
En fin, lo dicho, que donde hay pelo hay alegría….