UN PELO IMPERTINENTE - MAGDA RODRÍGUEZ MARTÍN(madrid)

      Coloqué sobre  el estante del cuarto de baño los tres método que, entonces, yo conocía  se usaban para la depilación. Un agua que olía a huevos podridos y quemaba si permanecía más de tres minutos sobre la piel, un trozo de cera compacta muy parecido a un pequeño adoquín que había que desleír al Baño María, y la clásica cuchilla de afeitar que usaba normalmente todo aquel que deseaba rasurar su cara o cuerpo.

      Observé los tres métodos estudiando con cual de ellos me atrevía. Era absolutamente necesario que mi cuerpo quedara mondo, lirondo y brillante como una bola de billar. Tenía que venir a buscarme el hombre más guapo que había conocido en aquel viaje y mis deseos de conquistarlo se habían incrementado cuando me confesó su interés por el matrimonio puesto que ya tenía edad suficiente y medios económicos más que ídem para realizar este deseo. Al fin había encontrado el hombre adecuado y me venía a buscar para acercarnos a la piscina del Hotel en el que, yo en una habitación y él en otra, como personas íntegras y decentes, nos habíamos hospedado.

      Pasé la noche especulando el traje de baño que iba a lucir, claro que sólo tenía tres para escoger: dos bikinis exiguos que dejaban poco que elucubrar a la imaginación calenturienta de cualquier hombre y el traje completo que a mí me parecía muy seductor por aquello de insinuar algo que se podía adivinar por un hueco aquí o una abertura allá. Era negro, con un adorno en un azul  brillante que ocupaba la parte central en un escote que llegaba justo hasta el ombligo sin llegar a enseñar nada. Subía en unos tirantes que se afinaban en los hombros para bajar ampliamente hasta más abajo de la cintura en un coqueteo casi indecente con el trasero. Escotadísimo en la ingles, anunciaba un vientre plano y todo lo que, además,  se quisiera imaginar y me decidí por él. A partir de ahí comenzó la parte crucial de la decisión. Debía depilarme. Dejar el cuerpo liso, fino y reluciente, suave y deslizante ante cualquier caricia.

      Después de pensarlo seriamente opté por agarrar la maquinilla de afeitar y después de embadurnar mi cuerpo de espuma de jabón bien extendida por una brocha de pelo de tejón, comencé la obra de arte.  Piernas en toda su largura y extensión hasta llegar a esa rayita asquerosa que baja desde el ombligo hasta el pubis y que no sé para qué sirve. Después de dejar  las axilas impolutas,  me entretuve con aquello que me daba más repelús. Primero el pubis y las ingles y luego, poco a poco y con mucho cuidado en las piruetas que me vi obligada a ensayar, todo lo demás donde había vello. Claro que no estaba muy segura de si hacía bien o mal. Sabía que en este asunto, los hombres tenían sus particulares gustos pero... después de pensarlo unos segundos, me decidí por rapar todo lo que estaba cubierto de pelo. Cuando terminé, satisfecha me miré en el espejo de cuerpo entero y entonces lo vi. ¡Un pelo! ¡Negro! ¡Brillante! ¡Grueso! ¡Jugoso! ¡Largo! adornaba el centro exacto de mi muslo izquierdo ¿De dónde había salido? ¿O es que había crecido de repente? Faltaba muy poco tiempo para que los nudillos de mi amado elegido, sonaran en la puerta de la habitación, así que debía darme prisa. Agarré otra vez la maquinilla y !ras-ras! a contrapelo y a pelo, a derecha e izquierda y ¡nada! El pelo  brillante, negro y largo, resbalaba de la cuchilla como si le estuviera haciendo burla, no había quien lo cortara. Cuando cogí las pinzas para tirar de él hasta hacerme sangre si era necesario, sonaron los golpecitos en la puerta: "pam.pam". ¡Dios mío! ¡qué podía hacer! No se me ocurrió otra cosa que coger una tirita, enrollar aquel insolente filamento y ocultarlo con el pequeño trocito de esparadrapo, tal vez pasara desapercibido. Me cubrí con un blusón de gasa semitransparente que me tapaba justo hasta la tirita y me cerqué a la piscina colgada del brazo de mi anhelada futura conquista. Me senté en una tumbona con el temor de que si me chapuzaba, el agua levantaría la tirita y dejaría al aire el desaguisado y cuando aquel inmensamente deseado príncipe azul se puso a mi lado, lo oí,  y sin dar tiempo a ninguna reacción, lo hizo:

-¿Qué te ha pasado? ¿Por qué llevas una tirita?

Inmediatamente sentí como la despegaba y miré aterrorizada mi muslo. Poco a poco observaba como el pelo negro, brillante, grueso y largo, se desenrollaba en una erección que me pareció obscenamente sexual y allí se quedó, tieso, en medio de mi muslo blanco completamente depilado. Quería llorar pero lo que oí me dejó sin aliento:

-¡Qué cacho pelo más estupendo! ¡Nunca había visto nada igual!

Y como si le hubiera entrado un ataque de erotismo,  comenzó a acariciarlo, a chuparlo, a balancearlo con el dedo índice en un acto que me pareció todavía más impúdico. Completamente descontrolado por la pasión me cogió en sus brazos y me llevó a la habitación del Hotel donde se consumó el acto.

      Llevamos muchos años casados y el pelo sigue ahí, en el centro mismo de mi muslo izquierdo, pero ahora lo cuido como si fuera de oro. La  pena es que  comienza a perder vigor y energía, ya no es fuerte, ni erecto, ni brillante, ni grueso, ni negro. Y es que el tiempo pasa para todo, hasta para el pelo más impertinente.

 
         
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